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martes, 17 de marzo de 2009

La Azohía con anclas. Una imagen de nostalgia.

Hace tiempo que pinté este cuadrito, en témpera.
Siempre me gustó muchísimo el pequeño pueblecito de pescadores de La Azohía.
En él las montañas son tan altas que forman un circo en cuyas paredes rebota la voz, amplificada en un eco que hace notorio el silencio y la soledad.
Está claro que hablo de cómo era ese rincón natural hace unos años, no muchos, tres o cuatro a lo sumo, pero los suficientes como para que todo haya cambiado un tanto.
En La Azohía había una especie de sembrado de enormes anclas frente al muelle.
Me enamoraban esas áncoras gigantescas.
Las fotografiaba y me fotografiaba yo junto a ellas, que me superaban con mucho en altura.
Gigantesca hermosura de hierros poblados de adherencias marinas. Eso eran.
Un mal día, las anclas desaparecieron de su emplazamiento. No sé dónde están.
Ahora allí aparcan los coches.
Cada vez más coches.
El paraiso ha sido descubierto.
Pululan como negras hormigas los buceadores en el muelle, antaño feudo de pescadores del lugar.
Ya no está la lonja, que aún aparece en mi cuadro.
Pero está el mar.
Y la montaña.
Y la torre vigía de santa Elena.
Y nadie podrá arrebatarme la entrañable belleza del recuerdo.