"De donde crece la palma" es mi tercera novela publicada, en Ediciones Tres Fronteras (Murcia) cuyo enlace os dejo aquí. Está en el mismo tomo que "Sixto".http://www.tresfronteras.es/TresFronteras/autor.jsf?ncodautor=377
El título viene de uno de los versos de "Guantanamera", del genial José Martí:
Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma,
y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma,
guantanamera, guajira guantanamera....
Seguro que todos conocéis esa canción.
El ambiente de la novela es el de los músicos callejeros de La Habana vieja.
Esta muchacha es hija de una bailarina blanca y un bongosero negro, ella es mulata de piel dorada, bellísma.
Piezas musicales, rivalidad entre cantantes callejeros, santería, ritos vudú, el tema de la emigración...todo forma parte de esta trama, que me hizo disfrutar con la investigación de todos estos temas y mientras la escribía. Pues habéis de saber que un escritor vive ras vidas, o multiplica la suya propia, en virtud de las que viven los hijos de su imaginación.
http://www.tresfronteras.es/TresFronteras/autor.jsf?ncodautor=377
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Los dibujos son de mi cuaderno secreto, ese en que plasmo las imágenes de mi mente con respecto a mis historias de ficción.*
Este es el inicio de la novela:
*
Todos decían que Habanita Rocío era La Habana hecha carne de mujer.
Habanita Rocío caminaba como a ritmo de bongos. Sus redondas nalgas altivas se movían como bajo el palmeteo de un bongosero invisible que las hiciera retemblar armónicamente:
bon….gó, bon…gó, bon…gó, cuando paseaba lentamente.
bon-gó, bon-gó, bon-gó, si tenía un poco de prisa.
bongó, bongó, bongó, si decididamente tenía mucha, pero que mucha prisa.
Habanita Rocío tenía en su sonrisa el color blanco dulce del azúcar porque sus dientes perfectos recordaban la forma de pequeños terroncitos de nácar.
Y en sus labios rojos llevaba el sabor del ron de caña que se adivina embriagador incluso antes de ser probado.
Habanita Rocío tenía en su cintura la flexibilidad de la caña del cañaveral, cuando es verde y tierna. Y el cimbreante vaivén de la palma del palmar caribeño cuando sopla la brisa de la bahía.
Y poseía en sus manos y en su cara el color de la canela.
Así era Habanita Rocío a sus dieciséis años.
Todos decían que Habanita Rocío era La Habana hecha carne de mujer.
Habanita Rocío caminaba como a ritmo de bongos. Sus redondas nalgas altivas se movían como bajo el palmeteo de un bongosero invisible que las hiciera retemblar armónicamente:
bon….gó, bon…gó, bon…gó, cuando paseaba lentamente.
bon-gó, bon-gó, bon-gó, si tenía un poco de prisa.
bongó, bongó, bongó, si decididamente tenía mucha, pero que mucha prisa.
Habanita Rocío tenía en su sonrisa el color blanco dulce del azúcar porque sus dientes perfectos recordaban la forma de pequeños terroncitos de nácar.
Y en sus labios rojos llevaba el sabor del ron de caña que se adivina embriagador incluso antes de ser probado.
Habanita Rocío tenía en su cintura la flexibilidad de la caña del cañaveral, cuando es verde y tierna. Y el cimbreante vaivén de la palma del palmar caribeño cuando sopla la brisa de la bahía.
Y poseía en sus manos y en su cara el color de la canela.
Así era Habanita Rocío a sus dieciséis años.


