Lo hago con su permiso, puesto que lo he visto más de una vez en estos días de Navidad.
Esta fotografía pertenece al huerto de la Casa de Miguel Hernández, en el que se conservan perfectamente tanto el almendro como la higuera que menciona en su famosísima Elegía a Ramón Sijé.
"Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera.
(...)
A las aladas almas de las rosas,
del almendro de nata te requiero:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
He estado en este huerto muchísimas veces. Toda la casa de Miguel Hernández me resulta conocida. Me encantan la sencillez de su dormitorio, de esa cocina con tinajas y de las bombillas adornadas con lazos de papel de seda.
No es su casa natal (que se encuentra en otra calle, la de San Juan de la Penitencia) sino la que habitó más tiempo con su familia, allí el corral para las cabras
En cuclillas ordeño
una cabrita y un sueño...
allí el suelo de sencillas losas rojas que pisaría tantas veces...y el huerto, con sus macetas, sus árboles, en que tomaría el fresco en las noches de verano.
Fijáos en el suelo de losa de barro rojo, en el papel de seda que hacede humilde embellecedor de la bombilla, mirad la mesa con su cestillo de frutas, y el poyo de cocina, de azulejos blancos. No podéis ver la tinaja, ni el fogón, ni el vasar, pero están, claro que están, tras el muro blanco que separa el espacio, carente de puerta.
A la derecha, la zona de dormitorios, con ventanas al huerto.
Esa ventana de la habitación de Miguel siempre me resulta especialmente evocadora.
Conozco de memoria muchos de sus poemas, pero mi corazón se conmueve especialmente con uno que no es de los más famosos de entre los suyos. Porque habla de los Reyes Magos y de las ilusiones de él cuando era niño y creía en ello.
Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraba los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.
Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.
Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.
Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.
Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.
Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.
Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.
Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.
Hay otro poema de Miguel hernández que me gusta especialmente.
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.
Si queréis saber más sobre el centenario hernadiano, visitad La web de la Asociación Cultural Orihuela 2m10 a la que pertenezco
http://www.2m10.com/

