Me gusta la artesanía. No me considero una persona demasiado nostálgica, o quizás sí lo sea. Puede que sí, pensándolo mejor.
Siento nostalgia de un pasado no vivido, no conocido,
cuando no se fabricaban los objetos en serie,
cuando no había dos botijos iguales,
ni dos platos de cerámica idénticos,
ni nada de nada se hacía por docenas.
Entonces hasta los objetos tenían alma,
sí, alma, estaban vivos, nos hablaban a su manera,
con su presencia,
que nos acompañaba.
Hoy preguntan :¿Para qué sirve?
Y el utilitarismo ahoga el arte humilde que antes embellecía
los objetos cotidianos,
porque lo considera innecesario.
y no había tanta prisa por producir a destajo,
las cosa se hacían, se labraban, se cincelaban, se tallaban
amorosamente, con gusto por la labor,
morosamente, quiero decir,
con morosidad (palabra que hoy quiere decir otra cosa
relacinada con el dinero ¡siempre el dinero!)
Se afirmaban con esmero en el acabado,
porque se quería que duraran para siempre.
Hoy un mueble, un edificio de diez años se considera ya viejo
¡Viejo! Y hay que revisarlo, por si se cae.
Y el acueducto de Segovia en pie,
y la catedral de Burgos,
y la de León,
y la de Santiago de Compostela...
Y digo, con tristeza,
porque me duele la diferencia
con el tiempo actual,
que hasta el agua de lluvia tenía el placer
de discurrir por canalones con rostro,
porque las gotas de lluvia sabían
que eran como las lágrimas
que se deslizan por las mejillas
de las caras humanas,
de hombre
o de mujer.
Y el artesano ponía su marca en la obra,
no con una firma,
sino con la originalidad de su trabajo.
¡Esa la he hecho yo!- pensaba-
ni siquiera se ufanaba de ello en voz alta-
no era más que su trabajo, su dignidad
de ganar el pan con su esfuerzo
para mejorar el mundo.
Y respiraba hondo, satisfecho,
pero sin darse mayor importancia.
No había objeto sin su detalle particular,
irrepetible.
-¿Para qué sirve?
Preguntan hoy.
Para alegrar la vista,
para enseñar el valor de lo bien hecho,
para que estimemos el esfuerzo generoso
(generoso por estar de añadidura,
por no ser obligatorio,
por alimentar el alma ajena)
para eso sirve, para todo eso...
Y a mí no me parece poco.
Pero el tiempo desdibuja esos rostros.
Puede que dentro de nada cualquier
concejal de la modernidad
proponga cambiar estas vetustas
estructuras
por otras más modernas,
hechas en cualquier factoría,
en una fundición de metal
preferentemente extranjera.
Habrá comisiones, concursos
y contratas.
Y yo lloraré por la belleza artesana
que ya pocos amamos.