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sábado, 7 de noviembre de 2009

LA MACETITA DE CABOPÁ

Esta entrada está dedicada especialmente a mi amiga Cabopá, que por cierto, se llama Carmen.



El viernes pasado, en Murcia, Cabopá me hizo un regalo muy especial: esta maceta.


Me la había traido en una bolsa preciosa, con la catedral de Murcia en vista nocturna, y luego en otra bolsa igualmente cerrada con un adorno de fantasía que servía de lazo.

No la abrí hasta llegar a casa. En Orihuela. Sabía que era una planta, pero no tenía ni idea de nada más, aunque Cabopá y yo estuvimos hablando del lugar idóneo de ubicación en mi casa.

¿La terraza que da al sur? Ahí le daría el sol, "vería" pinos gigantescos que llegan hasta una altura de cinco pisos, palmeras, galanes de noche, algún ficus...



¿Estás bien ahí, plantita?



- ¡Mucho sol, demasiado!- parecía decirme-.Soy una flor delicada, este sol me mataría.

-Te creo, te creo- respondí .

-¿Te gustará esta terraza? -le pregunté , después de trasladarla a otra orientación.

-¿Qué es esa enorme casa que "veo" sobre el monte?- inquirió la planta.

Yo comprendí que era una planta con corazón, no sólo por los que lleva en el precioso macetero en que la había abrigado Cabopá, sino por ser un mensaje de amistad vivo de ella. Así es que me resigné a hacerle de cicerone y le respondí.

-No es una casa, es el Seminario de Orihuela. De noche se ellena de luces en sus ventanas. Son los jóvenes que estudian hasta entrada la madrugada. La fachada y la torre también se iluminan.

-¿Y yo lo veré desde aquí?

-Desde luego. También verás un rosario de luces que forman las farolas que hay en la carretera de subida al Seminario, llena de curvas, con las catorce estaciones del Vía Crucis en ellas.

-¿Y ero de más arriba, a la derecha?

-¡Ah! Son las ruinas del castillo. Pero sólo se iluminan con dos luces, que simbolizan a las santas Justa y Rufina, en las Fiestas de Moros y Cristianos.




-No hace falta que me lo preguntes, ya te lo digo yo- me adelanté a su curiosidad de recién llegada-, es el monasterio de San Sebastián. Oirás sus campanas varias veces al día.

-¡Qué alta es esa palmera!- se admiró.

-Es la que nos avisa si el viento es suave o fuerte con el movimiento de sus palmas.


-Creo que me quedo con este rincón de la terraza- dijo al fin-.Pero ¿qué arboles veo ahí abajo?
- Son los naranjos del huerto del monasterio- respondí-. Creo que te gustará el olor del azahar que llega hasta aquí cundo florecen. Ahora lo que ves son ves las naranjas.

Ha pasado una semana. La flor de nácar vive feliz. Cuando me levanto la veo, rodeadad de corazones rojos, y me esponjo de alegría: es el regalo de una buena amiga, es un trocito de su corazón también.

El cielo está hoy limpio, sin rastro de niebla ni boria.

La flor respira y me habla. Su mensaje es bello, cálido, alegre.



¡MUCHAS GRACIAS, CABOPÁ!