Cuando la hallé, entre tantas otras piedras que el mar lavaba incansablemente a golpe de ola y de espuma, supe distinguir inmediatamente la silueta de la madre que sostiene amorosamente a su hijo.
Tan sólo necesité unos breves toques de esmalte para realzar ante los ojos de los demás lo que yo veía tan claramente.
Se trata de una piedra pesada, muy pesada, quizás sea por su componente mineral. Es una piedra maciza, densa, de gran dureza, imposible romperla aunque uno la golpee fuertemente o la arroje contra otras piedras. Yo suelo hacerlo, porque me encanta el sonido metálico que algunas de estas "joyas minerales" hacen al chocar con otras.
El color natural de mi "escultura encontrada junto al mar" es negro, un negro brillante, profundo como el mar que rompe impetuoso contra el talud pedregoso que desciende hacia él en esa zona de la costa mazarronera.
Es difícil caminar por esta acumulación de mineral, en ese recodo de costa negro, de aguas limpísimas, sin arena que pueda removerse con las mareas.
¡Es mi playa de los tesoros!

En este caso, la piedra tenía un tacto casi de seda mineral, si tal conjunción fuese posible.
Es el cielo de noche clara, poblado de bellos luceros el que a su vez puebla esta extraña gacha, que reposa sobre sus hermanas negras sin pintar. Yo tomo una piedra de limados contornos y la decoro de fantasía azul y verde.
El cañamazo de la novela que llevo entre manos ahora está esbozado en una libreta de las de toda la vida.


