domingo, 5 de octubre de 2008

Una narración sobre ídolos

La desaparición de los héroes
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Ha cundido el pánico en el mundo a causa de lo que está ocurriendo en España, que de momento es el primer país en sufrir un extraño fenómeno que sería la hecatombe, el verdadero fin de la humanidad, si acaso se extendiera al modo de una epidemia al resto de los países del planeta. La información sobre este rarísimo fenómeno llena las portadas de todos los diarios y abre el espacio de Noticias en todas las cadenas de televisión. Y es que no es para menos. La cosa es gravísima. Al parecer, desde hace unos días están desapareciendo uno a uno, sin dejar el menor rastro, los mejores jugadores de fútbol de los equipos estrella. No me negarán la importancia del suceso. Aunque las autoridades han intentado por todos los medios mantener en secreto este caso, les ha sido imposible por su propia naturaleza. No es fácil que el público crea que un número considerable de jugadores está indispuesto. Esto se usó como tapadera cuando faltaron cinco o seis, pero ahora que faltan casi todos, y de todos los equipos, además, los rumores se expanden como una epidemia de terror y consternación. Es imposible ocultar lo que está pasando. Naturalmente, la repercusión mediática que está teniendo el caso no conoce precedentes. La realidad es que está desencadenando un estado de alarma que puede írsele de las manos en cualquier momento a las autoridades, y quién sabe hasta dónde podrían llegar las cosas si la Policía no descubre a tiempo a los culpables, porque las masas se están inquietando y amenazan levantarse como la masa, valga la redundancia, de un bizcocho a la que se ha añadido demasiada levadura.
Temiendo esta rebelión, la Policía ha creado un dispositivo de búsqueda sin precedentes (al igual que el suceso que estamos analizando, que tampoco se ha dado nunca en España) poniendo a sus mejores detectives al frente de las investigaciones y empleando en las pesquisas todos sus efectivos. Los hombres y mujeres de los Cuerpos de Seguridad del Estado se hallan exclusivamente dedicados a este caso desconcertante, e incluso la Guardia Civil, la Benemérita, imagínense ustedes, ha abandonado todo cometido que no se refiera a este enigma.
La INTERPOL ha tomado cartas en el asunto y los Ejércitos de la Naciones Unidas recibirán pronto la orden de entrar en acción si fuera necesario, que parece que sí que va a serlo, ya juzgarán ustedes. No parece existir más que este problema en el mundo, desde que empezó el extraño fenómeno que a todos quita el sueño.
Y es que no se puede negar que el problema es de crucial importancia: ¡¡Han desaparecido las plantillas completas de todos los equipos de la Liga Profesional de Fútbol de España!! ¡¡Sí señores, las plantillas de los veinte equipos al completo, desde los jugadores a los entrenadores!! ¡¡Ni uno ha quedado!!
¿Dónde están estos hombres? ¿Acaso se han puesto de acuerdo para esconderse todos y sumir así en la desesperación a la población española y , de paso, poner en estado de excepción al mundo entero que comparte el dolor por semejante tragedia?
¡Estamos huérfanos de guías espirituales! ¡Vamos a la deriva, a la catástrofe, al sin sentido vital!
En pocos días, se han esfumado los hombres del Real Madrid C.F., el F.C. Barcelona, el Barça para los amigos (habrán adivinado que es mi equipo), el Espanyol, el Atlético de Madrid, el Valencia, el Sevilla, el Real Murcia, el Real Zaragoza, el Real Valladolid, el Real Betis (¡Cuánta realeza balompédica!), el Getafe, el Recreativo de Huelva, el Osasuna, el Athletic, el Deportivo de La Coruña… ¡No puedo seguir! Compréndanme, estoy destrozado, y es no es para menos, no es pequeño número de hombres, calculen ustedes, pero además es que no son hombres cualquiera sino que son la honra y prez de la Nación. Me he puesto solemne, lo sé, pero es lo que la ocasión merece.
La atención que el asunto está recibiendo por parte de la Policía, como ya les dije, es exclusiva, de ahí a que los maleantes campen a sus anchas sin que nadie se lo estorbe. Yo mismo he sufrido ya varios atracos, pero me lo he tomado como una molestia sin importancia, un mero contratiempo. De estas tonterías al problemón que España tiene va un buen trecho, vamos, que hay un abismo. Claro que siempre hay quién protesta de esta “falta de protección”, como dicen. Es gente sin sentido de la medida, que no comprende que hay cuestiones prioritarias que trasforman en secundarias cosas tan tontas como que a uno le quiten el dinero que acaba de sacar del cajero automático del banco o que le apanden el coche. Son minucias, pero ellos chillan y dicen que son “víctimas” - los muy exagerados- y aducen que de nada les vale a las “víctimas” de las tropelías que todos los días se cometen, ya sean más graves o menos graves, clamar por su derecho a la protección policial o, al menos, a una debida atención cuando acuden a denunciar el delito cometido contra ellos. Con su egoísta victimismo, afirman y denuncian que ellos, los ciudadanos de bien, encuentran nula respuesta a sus demandas, incluyendo familias con algún secuestrado, mujeres maltratadas, ricachones atracados por bandas organizadas de malhechores, joyeros expoliados de su valiosa mercancía de oro, plata, platino y piedras preciosas, inmigrantes apaleados por energúmenos xenófobos, transeúntes aligerados de su móvil o su billetero por el carterista de turno o el descuidero que actúa en grandes almacenes.
Hablando de grandes almacenes, la crisis se ha contagiado a estos centros comerciales, porque todo el mundo está tan preocupado por lo que pasa que nadie tiene humor de comprar nada superfluo, y si bien se piensa, el 99% de los objetos que venden en esos grandes templos del consumismo son completamente inútiles y, en consecuencia, perfectamente prescindibles.
Excepto los bienes necesarios para la subsistencia –alimentos y medicinas- la gente ha dejado de adquirir de todo lo demás (yo el primero) porque ya resultan indiferentes las minucias que antes nos preocupaban. Para decir toda la verdad, hay quien incluso ya no va a la farmacia a por sus medicamentos, entre otras razones, porque ya muchos han perdido la ilusión por curarse, por vivir, en suma. Dicen que para qué quieren seguir viviendo si ya no hay fútbol. Y es que, efectivamente, no lo hay. Se han cerrado los estadios por miedo a algún atentado o a una catástrofe masiva, que podría ser una hecatombe de espectadores, árbitros, jueces de línea y, sobre todo, de jugadores destacados, aunque sean ya de equipos de segunda o tercera, lo cual sería terrible, porque a falta de figuras, sirven de sustitutivo para el público. Son una especie de metadona humana de los astros del deporte rey. Si desaparecieran ellos también…
Nadie se atreve a pensar en un supuesto así. El entrenador de un equipo declaró a los medios que su corazón no soportaría verse privado de uno solo de sus futbolistas. Se han dado casos particularmente dramáticos de afectados por el suceso. Daré algunos ejemplos y ustedes mismos juzgarán:
Un banquero dijo que si el delantero centro de su equipo desapareciera, él se tiraría por el viaducto. Estas declaraciones tan drásticas hicieron de dominio público que se había enamorado apasionadamente del atlético jugador de balompié. Las Revistas del Corazón entraron a saco en los entresijos de la relación, el programa Salsa Asquerosa debatió el tema de los amoríos entre banqueros y deportistas y lo mismo hicieron los espacios Culebrón Culebrón y Diario de Malicia.
Pero hubo otro caso que saltó a los noticiarios de medio mundo:
Todo un señor catedrático de la Complutense se rasgó la toga y ante las cámaras de televisión de varios enviados especiales de un buen número de países, pisoteó el birrete en un puro ataque de histeria, jurando que Quevedo, Góngora, Garcilaso y Cervantes habían sido unos pobres seres que en nada podían compararse con Berkam, Gruti y Manduti y Nalrodiño, que eran los auténticos genios del arte, muy superiores igualmente a Shakespeare, Moliere, Balzac, Galdós y, en nuestros días, a García Márquez y al mismísimo Arturo Pérez Reverte. Naturalmente, este señor tan atribulado era catedrático de Literatura, lo cual explica su conocimiento de aquello en que consiste una verdadera tragedia griega. Ni siquiera faltó el coro, porque otros tantos catedráticos lo imitaron y tiraron igualmente sus birretes al suelo para pisotearlos con denuedo rabioso, como si estuvieran bailándoles encima el zapateado de Sarasate.
Claro, el gesto tuvo bastante repercusión mediática, no suficientemente grande como para que cundiera el pánico en el mundo, porque afortunadamente estas noticias culturales no las siguen más que cuatro majaretas que no tienen criterio, pero alguna alarma sí que creó desde luego, puesto que se trataba de una reacción colateral al tema que a todos quitaba el sueño, que no era otro, faltaría más, que eso de que los futbolistas estuvieran desapareciendo como si se los llevara el viento.
Además, todo eso del pisoteo de birretes y de rasgarse en masa las vestiduras (las togas, para mayor exactitud) tuvo lugar en el Aula Magna de la Universidad de Alcalá de Henares, en la que se procedía al acto de investidura como Doctor Honoris Causa del último Premio Nobel de Literatura, a la sazón, Monandhas Galandhas, digno asceta y escritor hindú que montó en cólera, pese a sus años de práctica en la espiritualidad y el yoga, al ver tan lamentable espectáculo que, al comienzo interpretó (desconocedor de las costumbres españolas) como un homenaje de tipo folclórico en el cual consideró descortés no colaborar, en reciprocidad al entusiasmo de los académicos. Creyéndolo así, el buen señor se dio un tirón de la túnica que vestía y se la arrancó del magro cuerpecillo, dejando ver unas piernas como palillos de tambor y unos hombros con unos alerones esqueléticos parecidos a los de un pollo desplumado. Y con entusiasta agradecimiento, pretendió emular el gesto del birrete (por aquello que debe ser patrimonio de la sabiduría de todos los pueblos de que donde fueres haz lo que vieres) y despojándose del turbante, que era de una pieza, dejó ver su cabeza un tanto apepinada y calva en la que lucían una docena de hirsutos pelos indómitos que le daban un aspecto francamente lamentable.
Cuando su traductor le sopló al oído que la melopea que entonaban todos a coro no era un cántico panegírico de su obra, sino una especie de endecha por la suspensión de los partidos de fútbol en España, el famoso asceta sintió que se desmoronaba toda su filosofía y que su obra era un vano ejercicio teórico, puesto que llegado a una verdadera encrucijada vital como era aquella en que se hallaba, no le venían a la mente ideas de resignada sumisión al karma sino unos irrefrenables instintos asesinos cuyos inspiradores eran esos tipos desquiciados, ataviados con mucetas de variados tonos, amarillas, azules, rojas, que se contorsionaban como posesos y berreaban, algunos ya con lágrimas en los ojos o dejándose caer al suelo en medio de una pataleta convulsa. Esta verdad sobre su tarea (toda una vida meditando y practicando la austeridad más espartana) fue devastadora para su moral y, por consiguiente, para su equilibrio mental.
Monandhas Galandhas, para mayor oprobio, fue captado por las cámaras de televisión y fotografiado por los reporteros (allí presentes para dar fe del solemne acto) en paños menores y con los ojos desorbitados por el estupor, con lo que ya –bien lo sabía- no podría desprenderse de la etiqueta de loco de remate en todo lo que le quedaba de vida y quién sabe si en La India se le relegaría a un estadio social inferior, en virtud de su supuesta desvergüenza y su falta de decoro. Ahí es nada, en taparrabos en todas las portadas de los periódicos y revistas culturales. Y que ese día precisamente el taparrabos que se había calzado estaba ya hecho jirones, si lo hubiera sabido, por lo menos se hubiera puesto un Kalkin Kleis blanco con cinturilla bordada en arabescos verdes que era una pasada y que tenía sin estrenar. Y es que ¡hombre, eso se avisa!

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El Soldado Explorador SX7815 sonrió ampliamente cuando el General Supremo GS1153 lo felicitó ante todos los presentes en el Salón de Honor del Alto Consejo del Planeta Zenzur. Acto seguido, el propio Presidente del Gobierno Zenzuriano le impuso la máxima condecoración que se le hubiera podido otorgar: la Estrella Magnética de Uranio.
Los asistentes al solemne acto pusieron en marcha sus Reactivos de Sonido y no cesaron de producir zumbidos de honor hasta que las baterías de los aparatos se agotaron una tras otra. Entonces el Presidente Zenzuriano le habló para agradecerle, en nombre de todos los habitantes del planeta Zenzur, la gesta que había llevado a cabo:
-¡Gratitud eterna de Zenzur al Explorador que nos ha traído a los Dioses, arrancándolos del Planeta Tierra, que gozaba de su presencia! ¡Ahora nosotros los zenzurianos , pueblo hasta hoy sin religión, seremos los afortunados, pues tendremos el honor de adorarlos y de implorar que realicen prodigios en nuestro favor, llenando a las muchedumbres de alegría y de fervor, como han hecho en sus templos verdes de la Tierra! ¡Hurra por SX7815, hurra, hurra, hurra!,
El Soldado Explorador SX7815 estaba tan emocionado que inició una serie de fluctuaciones de color corporal, pasando del color lila (el natural en su piel) al azul, y luego del verde al morado (la variación más espectacular de todas) para volver poco a poco al lila, una vez recuperado el dominio de su emotividad exaltada y -¿por qué no decirlo?- de su ego, halagado hasta el extremo de hacerle perder la habitual impavidez de militar curtido en cien misiones interespaciales.
Desde la tribuna en que los habían hecho sentar, Berkam, Gruti, Manduti y Nalrodinho no salían de salían de su asombro y no sabían qué pensar, en parte porque no estaban muy entrenados en usar el pensamiento, ya que su entrenamiento no pasaba de la altura de sus pies y sus piernas.

4 comentarios:

Antonio Verdú Asís dijo...

Genial Rosa, de verdad te lo digo, al principio, me lo he creído.

Rosa Cáceres dijo...

Muchas Gracias, Antonio. La verdad es que me reí mucho inventando este disparate sobre el fútbol y los futbolistas como ídolos de masas.

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Bravo

Rosa Cáceres dijo...

Gracias, Francisco Javier, viniendo de ti, que estás hecho un figura de la Literatura, me halaga ese "Bravo", que vale por mil palabras.