
Como niños
Está la chiquillería alborotada porque es fiesta. Los pequeñuelos y tienen todo el día para jugar. El filósofo humilde se contagia de esa alegría y se deleita en la algaraza que forman en el parque.
Se ha sentado en un banco al sol y sonríe al mirar lo bien que lo están pasando las criaturas con sus juegos. Se acuerda de cuando él era niño y de la alegría que experimentaba los días de asueto. También se acuerda de la letrilla de Góngora –“Hermana Mariica, mañana que es fiesta/ no irás tú a la amiga/ ni yo iré a la escuela…”- y su sonrisa se vuelve igual de tierna, pero además un tanto melancólica.
Son irrepetibles los días de nuestra infancia.
El filósofo sabe que la infancia es la verdadera patria espiritual de cada uno, y que quien pierde su infancia, pierde también su patria de dentro y es como si hubiese sido expulsado del Paraíso Terrenal. Así de amargo es perder lo que hay en de niños en nosotros, aunque no nos demos cuenta. Pero el filósofo humilde ha meditado mucho sobre esta verdad de vida y sí que sabe lo nefasto que resulta perder la niñez espiritual.
El filósofo humilde ha constatado que sólo los niños tienen auténtica capacidad de asombro ante las cosas, porque todas las cosas son nuevas para ellos.
Perder la capacidad de asombrarse es cosa desaconsejable, si se quiere ser feliz.
Nada hay tan triste como ser un cínico y estar de vuelta de todo, porque eso significa que ya nunca más se gozará de la fiesta y de la sorpresa. La sorpresa forzosamente ha de ser algo nuevo, inesperado. Y el que viene de vuelta ya no se sorprende de lo que ya anduvo cuando iba de ida.
Además la capacidad de sorpresa ante las pequeñas maravillas de cada día únicamente es patrimonio del alma humilde, que no afecta conocer maravillas mayores, de esa que sólo contemplan los elegidos por la fortuna, y eso de vez en cuando nada más.
El filósofo humilde se acuerda del cuento de “El traje nuevo del Emperador” -que viene en el Libro del Conde Lucanor- y se ríe sin malicia pensando en la cantidad de fatuos que andan por ahí en cueros pensando que van vestidos fastuosamente y que son los más listos y los más capaces.
El filósofo humilde tiene la certeza de que hay que hacerse como un niño para entrar en el reino de la alegría y de la paz. Por eso su principal tarea es cuidar al niño que es, allá en las profundidades de su corazón, porque ese niño es el que hace que le aflore a los labios una sonrisa sana y generosa ante la alegría de los demás, ante la algarabía que estos chiquillos.
Rosa Cáceres