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sábado, 28 de agosto de 2010
Secuencia de gaviotas
lunes, 12 de julio de 2010
Dos pollos de gaviota patiamarilla, un diario y un triunfo en fútbol
En el puerto, en el muelle de amarre del Karyam, dos pollos de gaviota permanecen juntos, algo asustados. Tienen el tamaño de gaviotas adultas, pero su plumaje de tonos pardos delata que son aún simplemente unos "niños" pequeños.
Hay otro detalle más que los caracteriza: el miedo.
Un pollo de gaviota tiene miedo de lanzarse al agua, de volar, de las gaviotas adultas sobre todo, porque sabe que no tienen piedad con los débiles, que son capaces de acabar con la vida de los pollos de su especie a picotazos. La Isla, que es territorio indiscutido de estas aves marinas, está repleta de cadáveres de pollos masacrados por los adultos de la bandada.
No me gustan las gaviotas, lo confieso, y menos las patiamarillas, que son feroces, las he visto ahuyentar gatos de puerto de mar para robarles la comida. El gañido de estas aves me espeluzna, me parece siniestro. Pero estos bebés-pollo me enternecieron. Juntitos, con miedo de lanzarse al mar, permitieron que me acercara a ellos y les hiciera esta foto.
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A mí me gustan los albatros y los cormoranes.
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Y AHORA MI DIARIO ABIERTO
Sigo revisando mi novela. Estoy en la parte final, cuando se resuelven los nudos de acción tanto policíaca como sentimental y, en espcial, de aventura.
¿Querréis creer que no recuerdo lo que escribí en su día y ahora yo misma estoy intrigada? ¡Jajaja! ¡Es muy divertido!
Añado algunos párrafos, dudo si cargar las tintas en una u otra escena...
Pronto daré la segunda vuelta a los folios, que son 443...y lo que añada (como los árbitros de fútbol), por cierto:
¡Campeones,
campeones,
Oe, oe, oeee!
jueves, 2 de julio de 2009
CARPE DIEM, o lo que es lo mismo: disfruta el día.

Aprovechar el día, lo aprovecho, vaya que sí. Voy a deciros cómo es un día de playa para mí:
Me levanto a las siete, porque no estoy en racha de novelista, que entonces me levanto a las cinco
Salgo al porche para deleitarme con el aroma de jazmines, madreselvas y diamelas.

Me voy de paseo por la costa, si me apetece.

Ayer recorrí La Isla, La Ermita, Bahía y los miradores desde los que se ve perfectamente el Cabezo del Gavilán, con su poblado prehistórico, y Nares, con Junta de Mares y El Castellar.


Todo era paz, me descalcé y estrené la tersa arena aún fría de la playa desierta. Sola allí, pero en compañía de gaviotas y cormoranes, presencié el milagro del sol naciendo tras las altísimas montañas del horizonte y lo compartí con las aves marinas, que parecían aguardarlo en religiosa calma.
Las gaviotas adultas, blancas y majestuosas, levantaron el vuelo entonces con una algarabía de chillidos entremezclados.
Las jóvenes, aún con su mancha en el pico, que revela su edad, aguardaron un momento antes de imitarlas.
Los pollos de gaviota, tan grandes como las adultas, pero con el plumaje marrón y los aleteos torpes, se apiñaban en un saliente de la playa sin decidirse a emprender el vuelo hacia la Isla cercana.
Proseguí mi paseo admirando los lirios de arena que crecían en las dunas.
El La Ermita, los Amantes, dos rocas gigantescas en medio del mar, cerca de la orilla, se besaban como siempre, apasionadamente, dejando apenas un arco entre sus cuerpos pétreos, por el que se colaba juguetón el mar, envolviéndolos con su pausada caricia.

Ascendí las gradas de tablones de madera, como de muelle pesquero, gozando de la soledad en medio de la maravilla en calma absoluta. Dos gigantescos eucaliptos, cosn su base en la arena, ponísn el contrapunto al azul del mar y competían con su verde aroma, que despejaba los pulmones y el alma, con el perfume de sal y yodo de la brisa mañanera.
¡Cómo respiré entre ellos! Profundamente, hallando en la finura del aire mañanero la curación del espíritu.
Regresé a casa renovada, feliz. Encontré a mi paso un macizo abandonado de diamelas, esa diminutas estrellas en flor de suntuoso perfume.
¡Adoro las diamelas! Corté un ramillete. Mi casa entera se aromatizó como debió estar aromatizado el mismísimo Paraíso terrenal.

Lo demás fue prosaico, desayuné, pinté un poco, cociné y nos fuimos a la playa
El mar era un prodigio de transparencia que competía con el más limpio cristal ¿Qué decir? Fue una fusión mística con la naturaleza en forma de larguísimo baño. Nada más y nada menos.
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