
Esta es una página de uno de mis cuadernos, de los tantos que tengo, en los que me entretengo en dibujar cosas como esta.
Me he vuelto bastante perezosa para coger los pinceles, pero con un bolígrafo o un lápiz, estoy en la gloria. Ante mí se abre el mundo de lo imaginario, y yo poseo la potestad de pintarlo a mi antojo.
Un castillo de cuento de hadas, me sirve como pretexto para inventar un relato infantil.
Ahora pregunto ¿qué surge en mí antes, el dibujo o el relato? Misterio. Tal vez ambos nacen simultáneamente.

Fantasía en esta ornamentación de mi nombre, de mayor a menor tamaño, las letras me definen como Rosa, con una O y una a llenas de sonrisas, María y Eugenia. Ese es mi nombre completo. Todo a bolígrafo negro aquí, bajo toda clase de seres imaginados en una improvisación evidente.

Los tonos azules de los dos bolígrafos utilizados, se emplean en crear un diseño improvisado sobre un cuaderno de rayas. Una pequeña hada, casi una libélula, es la protagonista de este cuento.
Reconozco que he escrito poco para niños, pero algo quisiera dedicarles, ya que transitan por la etapa más cautivadora de la vida, la que es- aunque tardemos mucho mucho en darnos cuenta- nuestra verdadera patria: la infancia. tnto más añorada cuanto más lejana. Lo digo en este poema:
Añoro aquel tiempo
pasado,
tan lejano,
en que éramos
niños.
Cuando bastaba
el beso de la
madre
para curar la herida,
y la firme mano del
padre
para instaurar la
calma
en la estrenada
vida.

A distintos colores de tinta. Cuaderno para escribir en él cuando la magia acude a solicitarme, atrayente como un benéfico conjuro, para que la halague con palabras que hablen de ella, que cautiven al ser cautivadas por el trazo de las letras formando vocablos, por la unión de los vocablos formando frases, completando letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo el fascinante plano de un laberinto en el que reside, no el temible Minotauro, sino una pléyade de seres inventados, plenos de belleza y bondad.