viernes, 21 de noviembre de 2008

El engaño de creer que los jóvenes no sufren.


Hoy repito una entrada antigua, de las primeras que hice, que tan sólo tuvo entonces un cometario.
He variado alguna frase, he modificado algún verso, pero es la misma que publiqué cuando aún no tenía seguidores de blog ni nada por el estilo.

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Ante este bello fruto de melocotón, que un día pinté al óleo, pienso en la incomprensión que sufren muchos jóvenes de nuestros días.

Conozco a jóvenes valiosísimos, con un corazón noble y generoso.
Ser joven no es una culpa.
La paradoja es que todos adoramos la juventud pero a menudo sólo vemos defectos en TODOS los jóvenes. Y no es justo, puesto que ni hay un saco único en que quepan todos, ni pasar por esa etapa de la vida es un delito.


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A LOS JÓVENES, porque también ellos necesitan una palabra de aliento.

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¿Acaso por ser joven no se sufre?
¿Acaso es insensible ante las penas
el que aún los años no ha cumplido
que le arrebaten el vigor y la belleza?

Se engañan los que juzgan que es lo mismo
ser joven que tener cabeza hueca.

Puede herir el alma siendo joven
que sólo serlo ya motive la sospecha
de que vas a ser un ente irresponsable,
de que te dará igual que arda la Tierra.
¡Que sufran otros , que otros se preocupen!
¡Tú te pones el Mundo por montera!
Eso creen que estás pensando,
y sé que te hace daño esa sospecha.


Y no es así siempre, son los jóvenes
los que hacen que florezca la nobleza
en los corazones generosos
que existen -yo doy fe- en la gente nueva.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Paco Illán: el libro y el ser humano.

Ayer, día 19 de noviembre, presento Paco Illán su novela "El rey de las Esfinges" en FNAC de Murcia. Estuvimos allí muchos incondicionales de su literatura, y digo incondicionales en doble sentido, porque a su prosa no se le pueden sacar "peros" de ninguna clase.
En la imagen aparece estrechando la mano del pintor Antonio Verdú Asís, un artista de pies a cabeza que, por cierto, ha expuesto hace poco y va a exponer pronto de nuevo.
Dos excelentes artistas y dos excelentes personas, lo cual es mucho más importante sin duda.



Firmando y sindo fotografiado. Todos lo escuchamos complacidos cuando habló, porque nos hablaba como a amigos, aunque a algunos no nos conociera.

dedicando su libro a otro escritor. Por lo que parece, allí había un nutrido grupo de autores. Ya se sabe: Dios los cría y ellos se juntan.



Por fin conocía en persona a Francisco Javier Illán Vivas. Aquí estoy con él.



¿Qué me pondrá en la dedicatoria? -me preguntaba yo. Pues les diré que me encantaron sus palabras, bien conoce lo que es el mar para mí.




Asistentes al acto. Disfrutando de la presentación.






La mesa . Editor y Director de Vegamedia flanquean al autor.





Illán Vivas lee un fragmento escogido de su libro, el EPÍLOGO, empleando la argucia de Sherezade para cautivar nuestra fidelidad a su narración. Aunque nos anunció que habremos de esperar un par de años al menos para saber en que acaban las aventuras de los Celestiales.







lunes, 10 de noviembre de 2008

La burla

Muchas veces parece -¿no es muy cierto?- que la vida
se burla despiadada.
Y parece que nos saca la lengua desdeñosa y ceñuda,
y nos escupe en el rostro , como expresando rabia.
Muchas veces parece -¿no es muy cierto?- que la luz,
la alegría, nos ha vuelto la espalda
como si fuese lámpara huidiza o postigo cerrado de ventana.
Muchas veces parece- no es mentira- que nos cae en la cabeza una cascada
de agua fría que hiela el pensamiento,
de -podría decirse- lava helada
si la lava pudiera ser de nieve
y matarnos con golpes fríos de escarcha,
como matan a veces las miradas
como siempre nos matan las palabras.
Muchas veces parece que la burla
es un látigo que azota las espaldas.

sábado, 1 de noviembre de 2008

COLTAN

Acabo de recibir un e-mail de Amnistía Internacional, se titula "El precio de tu ordenador es elevadísimo", y se argumenta en base a que las nuevas tecnologías de la información (ordenadores, teléfonos móviles) necesitan un material llamado coltan que es imprescindible en su fabricación. El 80% de las reservas de coltan en el planeta están en El Congo. La posesión de tan preciada fuente de negocio se disputa al precio sangriento de millones de vidas en una guerra interminable que desgarra al África Central y que tiene su raíz en la ambición humana y la apetencia por el coltan.
Miles y miles de criaturas son arrancadas de la escuela o del hogar para luchar, matar, violar o ser violadas o masacradas en ese conflicto interminable, sin vias aparentes de solución.
En nuestra desarrollada civilización parece que nadie puede ya prescindir del ordenador y, menos aún, del teléfono móvil. Pero yo no tenía ni idea que tuviesen tal precio humano.
Ante esta noticia, de la que también se hace eco el maravilloso novelista Alberto Vázque Figueroa en su novela titulada "Coltan", de la que tengo ya algunas referencias recientes, me pregunto angustiada qué hacer. Acaso dejar de usar el ordenador, desterrar el teléfono móvil, dejar de ver el televisor...¿qué sería moralmente aconsejable? ¿estamos matando, indirectamente, cada vez que enviamos un e-mail, como se desprende del artículo de Amnistía Internacional?
El caso es que estos instrumentos son una exigencia en nuestra labor profesional para muchos de nosotros. El caso es que nadie nos dijo nada de esto hasta ahora. El caso es que parecía del todo inocente manejar un ordenador, tener un televisor de pantalla plana, hacer o recibir una llamada de teléfono móvil..., pero no lo era, no lo es.
Es una nueva angustia, un nuevo cargo de conciencia que se suma al que todos llevamos ya a nuestras espaldas, si es que sentimos el imperativo moral de no hacer daño al prójimo.
A veces siento el deseo de aislarme de este mundo contaminado de intereses ocultos, de rastreras ambiciones que desencadenan conflictos bélicos para el provecho de fabricantes de armas y esclavizadores de almas, compradas con el dinero manchado de sangre inocente.
Les recomiendo que vean una película que se llama "El señor de la guerra", de Nicolas Cage.
El tema son las armas, pero es lo mismo. Muchos ricos necesitan que haya guerras para prospera, al fin y al cabo, viven como reyes de la venta de armamento. Otros siembran los campos de minas antipersona y mutilan a cientos de criaturas que simplemente pasaban por allí.
Ahora descubrimos lo del coltan.
Y yo no me explico como la gente tiene ganas de preocuparse de frivolidades como son las modas y hasta el fútbol -el nuevo dios, la nueva idolatría, hay incluso una Iglesia Maradoniana, no es broma- y pasa de largo por estos escándalos, tan visbles como las luces de los prostíbulos de carretera, últimamente instalados muchos en naves industriales, la industria de la indignidad, en el siglo que quiere conseguir justicia para la mujer, dignidad de ser humano...Pero nadie vemos nada, pasamos de largo...
¡Qué angustia! ¡Qué horror y qué vergüenza!

viernes, 24 de octubre de 2008

Microrrelatos en honor de Ramón Gómez de la Serna

Comienzo hoy una serie de Microrrelatos en este blog, que tan anárquicamente escribo.
Para ser sincera, este tipo de relato no me parece sino una especie de chispazo, insuficiente para desarrollar una verdadera narración.
Considero el microrrelato algo así como una greguería algo crecida, pero subsidiaria del ingenio.
En honor de Ramón Gómez de la Serna.




CONSULTAR CON LA ALMOHADA
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Siempre había oído decir que los problemas y las grandes decisiones habían de consultarse con la almohada. Por eso no se extrañó cuando comprobó que su almohada hablaba, mejor dicho, le hablaba a él cada vez que su mente estaba ocupada por algún dilema.
-¿Y cuándo no tenía ningún asunto que analizar ni tenía que tomar ninguna decisión?
-Entonces la almohada hacía música o imitaba el sonido del viento o del mar.

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lunes, 20 de octubre de 2008

Imágenes de la exposición de Antonio Verdú Asís

UUna auténtica obra maestra. Notre Dame de París, recibiendo la luz en la fachada y vista, sin embargo, desde el cimborrio.
El magnífico pintor, en el centro, flanqueado por el también pintor y dibujante Álvaro Peña y por mí.


Tres amigos frente a una vista impresionista de la fachada de la catedral murciana en noche de concierto. A Álvaro Peña le agradó especialmente, fue él quien sugirió este lienzo como fondo para la foto.


Yo con Sole, la bella esposa de Antoni Verdú, a la que considero ya una amiga mía.


Con Álvaro y su madre, que conocí esa tarde. Simpatizamos inmediatamente.





La calle del caño y el castillo de Mula, el lienzo que me dejó absolutamente subyugada. La foto no hace justicia a su luminosidad, pero al natural asombra. Una obra maestra.




sábado, 18 de octubre de 2008

Antonio Verdú Asís, pintor de la luz




Ayer, 17 de octubre de 2008, se inauguró en la Sala de Exposiciones Gregorio García Sánchez, de Torre Pacheco, la exposición Paisaje Urbano del pintor Antonio Verdú Asís. Me había invitado el propio pintor, que ha tenido la deferencia de incluir unas líneas mías sobre su obra en el programa de Caja Murcia. Estas líneas mías son fiel reflejo de la admiración que profeso a su obra, y dicen así:
Sus paisaje, magistralmente recreados en sus lienzos, son el exponente del amor que el pintor siente por ellos. Me admira la plasticidad de sus obras, que hace casi palpables las imágenes representadas, dotándolas de vida gracias a la fluidez técnica de la que este artista hace gala y que es propia de una mano hecha a acariciar el paisaje, trasladándolo de la realidad al arte figurativo más depurado. Cada uno de sus cuadros certifica que Antonio Verdú Asís es un verdadero pintor, un pintor de Molina de Segura, un pintor del mundo.

Asistir a un evento cultural protagonizado por él fue, por tanto, toda una experiencia gozosa para mí e imagino que para todos los que allí nos reunimos alrededor del artista. La razón es que tuvimos el privilegio de extasiarnos ante 21 lienzos de una vez, todos tan cautivadores en su interpretación del paisaje urbano que no se sabía a cuál de ellos dirigir la atención, pues la mirada ansiaba abarcarlos todos para saborearlos con fruición estética, así como el que se encuentra ante una mesa surtida de delicadezas apetitosas va degustando una y después otra, para retornar al punto a la primera que degustó y abandonarla a su vez por la segunda o la tercera o quién sabe cuál. Si se dice que se come también con la vista, habrá que imaginar lo que es apreciar un arte plástico como la pintura, entonces sí que se mira la obra y se come -permítanme la metáfora- con la vista. Pero también se mira con los ojos de la sensibilidad, que son los que nos hacen disfrutar más y mejor cuanto más avezados estén a demorarse en la belleza que sólo puede crear un artista, un demiurgo de lo inaprensible con la mera mirada, y aprensible, sin embargo, con la chispa divina de la inteligencia humana.
Después de esta disquisición inicial sobre el arte pictórico, me permitiré opinar sobre la exposición, aunque forzosamente, lo haré desde mi particular perspectiva, lo cual significa que expondré, como el pintor expone sus lienzos, el efecto que me produjeron a mí, pues que yo no sé expresarme más que “Con el corazón en la mano”, tal como reza el título de este humilde blog que escribo.
Al entrar en la sala lo primero que experimenté fue auténtico deslumbramiento, y empleo el término en todas sus acepciones, pero especialmente en la que dice que deslumbramiento es la turbación de la vista por una luz repentina, pues eso exactamente fue lo que me sucedió: que los lienzos expuestos, sin el aditamento de marcos ni molduras de ninguna clase, me dejaron admirada (otra acepción) y me produjeron una gran impresión con su exceso de lujo (otra acepción más). Y es que no hay mayor lujo para la mirada que la belleza sublimada en arte, en este caso en el arte admirable y luminoso del pintor Antonio Verdú Asís.
La luz de los lienzos de Verdú Asís es la misma que la que alegra el ánimo desde las obras de Joaquín Sorolla, y es que ambos son pintores de la luz mediterránea, no la inventan, claro está, la luz nos la da el sol, pero hacen algo casi imposible: apresarla con sus pinceles y encadenarla- gloriosamente libre, paradójicamente- a sus telas para gozo y disfrute de los que tengan la suerte de contemplarlas.
La muestra de Paisaje Urbano consta de 21 lienzos, 14 de ellos de formato vertical y los 7 restantes de formato apaisado, todos ellos de buen tamaño. Creo que conté tres obras cuyo motivo era Venecia y otro más con motivo parisino, Notre Dame, concretamente, que sirve de presentación al cartel y al programa de la exposición. En el resto los paisajes eran de Murcia capital, excepto uno sobre Mula y otro sobre el Monasterio de los Jerónimos, en Guadalupe.
Sería interminable describir lo que cada una de estas obras, y todas en conjunto, me inspiraron. Sentí que comprendía y compartía el punto de vista del autor de tales maravillas y -pueden creerme- eso es lo más satisfactorio que puede experimentar el que se acerca a cualquier obra artística. Supe -y lo confirme preguntándoselo al propio pintor- que había buscado la diferencia de perspectivas de un mismo motivo (la torre de la catedral, su imafronte, el arco de Santo Domingo, el Puente Viejo) no sólo a través del encuadre escogido, sino de la hora del día en que la mirada los percibe.
Así, contemplamos el imafronte o fachada de la catedral de Murcia hacia las seis de la tarde, con pequeños grupos de turistas que la admiran, ya bajo la sombra que cae sobre ellos desde el palacio episcopal. En otro lienzo vemos la misma fachada en plena noche, pero se trata de una “Noche de orquesta”, hay un tablado alzado y unos músicos que tienen como decorado el lujo barroco del principal templo murciano. Unos focos rompen la noche y proyectan su luz sobre algunas esculturas de la fachada, sobre el medallón central, con Santa María, especialmente. Los espectadores, sentados, casi se pueden tocar. La pincelada es rápida, sin duda se trata de la obra más impresionista de toda la muestra, los tonos azules en su gama más profunda. Una maravilla.
La torre de la catedral (que los murcianos dicen a la Virgen de la Fuensanta en el himno que con los ojos de hito en hito mirando está noche y día tu santuario bendito) aparece en lienzos de formato, naturalmente, vertical en ocho de los lienzos, pero en ninguno de ellos se repite, porque el artista va dando vueltas alrededor de ella, la sobrevuela o la mira desde su base.
Técnicamente, el pintor se sirve de la sombra para representar vívidamente los contornos, y a través de la sombra atrapa las líneas que traslada a las telas. Es delicado y detallista en los motivos arquitectónicos, el espectador ve realmente (porque el pintor no deja de lado el realismo) la torre, el edificio del antiguo Hotel Victoria, el Malecón, el Puente Viejo o lo que sea cada vez, pero también es impresionista, esto se advierte en su juego de pinceladas para representar los celajes (el cielo murciano o veneciano o parisino, tan diferentes los unos de los otros) o el agua de los canales de Venecia, del majestuoso Sena o de nuestro depauperado río Segura. En los tres casos se siente temblar la superficie del agua gracias a las pinceladas rápidas en que la alternancia cromática es una constante, con toques argentados casi. El efecto es sorprendente: los cuadros tienen luz, es más, tienen su luz propia, que no es la misma para todos, sino la que e, la que corresponde en cada caso, y no otra. No se sirve el pintor de comodines que para todo sirven, a conveniencia, sino que da a cada cual lo que en verdad es suyo.
El Puente Viejo es otro paisaje urbano que halla en el pintor Verdú Asís su particular biógrafo – permítanme de nuevo que recurra a la metáfora- porque yo creo que los paisaje tienen vida, claro que sí, a decir verdad, creo que tienen vidas, porque atesoran las de todos aquellos que los contemplaron o transitaron. Y aquí está nuestro puente visto desde los Molinos del Río con el viejo edificio de ladrillo rojo del Hotel Victoria y el mercado de Verónicas entrevisto al fondo, o la otra vista del Puente, vertical, que nos muestra la hornacina de la Virgen de los Peligros recibiendo la plena luz solar, expandiendo su reflejo desde el lienzo a los ojos del espectador.
La fachada del Teatro Romea, el Monasterio de los Jerónimos son alardes de representación de edificios, así como lo es de un motivo natural el lienzo del Ficus gigantesco.
Pero el pintor no puede disimular que siente preferencia por el Arco de Santo Domingo, y la plaza de igual nombre. Ahí vuela, se eleva como artista hasta cotas de genialidad. El juego de sombras en el interior del arco es magistral, hay que verlo y dejarse seducir por la imagen, reconocible para cualquiera que haya atravesado el arco, desde la plaza del santo a la del Romea.
Notre Dame es otro de los lienzos geniales del artista, quizás su preferido, puesto que es el que sirve de presentación a la exposición. Aquí dejaré hablar a otro espectador, se trata de mi marido, Javier Canales Meseguer, que conoce más que yo la Historia del Arte, la arquitectura gótica, y además conoce París, cosa que no puedo decir yo. Así es que diré de este lienzo lo que él me comentó. Según él, este es un cuadro al que las fotografías no hacen justicia, uno de esos cuadros que se han visto previamente en el programa y que uno no espera encontrar tan diferentes en la realidad, y sin embargo lo son, y para bien, porque este lienzo visto al natural deja absorto, admira, asombra. Es magnífico. Impresionista, originalísimo puesto que ofrece una perspectiva del monumento no cultivada habitualmente. En vez de representar la fachada, representa el cimborrio, la majestuosidad gótica de los arbotantes y contrafuertes. Sin duda, la fachada recibe la luz a ella dirigida, nosotros podemos verla en su reflejo, que nos deslumbra aun estando nosotros tras el edificio, y en las aguas mansas del río que corteja al prodigio gótico, tan acertadamente representado.
Eso y más dijo él. Pero yo me sentí cautivada por otro cuadro y lo confesaré sin ambages. Para mí, por su originalidad, por su genial tratamiento de la luz, el preferido fue el de la “Calle del Caño y Castillo de Mula”. Hace poco que estuve allí con mi marido, y yo, particularmente, volví a estar allí en la exposición de Antonio Verdú Asís, y no sólo estuve allí, sino que ascendí de nuevo por la pina calle del cuadro y recibí el sol en pleno rostro al llegar al final, a la plazuela de la alta iglesia, a pesar de que la sala de exposiciones estaba en Torre Pacheco y eran las ocho de la tarde, noche ya en esta época del año. No se puede decir más de un cuadro, al menos yo no puedo, si es que se quiere hablar con el corazón y con la sensibilidad de par en par, como a mí me gusta hablar. Tecnicismos aparte, el cuadró me encantó. Pero es que también tengo que referirme a la técnica, y técnicamente el lienzo es genial. Visto de lejos, con la adecuada perspectiva, el cuadro posee luz propia. A mí me hacía el efecto de uno de esos cuadros a través de los que se transparenta una luz colocada tras ellos. Pero no era eso, desde luego, sino el sol, el propio sol que se había colado en el óleo del artista y se derramaba dulcemente sobre las murallas impertérritas del castillo, sin más, para besar con delectación esta vez la fachada y la torre de la iglesia, al final de la cuesta empinada que hay que subir para llegar a ella. La calle, estrecha y por lo tanto con sombra, muestra sus fachadas, en tonos ocres, azul, rojizo, un escenario multicromático que desemboca en la explosión luminosa del fondo, que domina el lienzo como si fuese su corazón y su razón de ser.
Creo que estos cuadros reflejan tanto los paisajes como el paisaje interior del artista, a través de su mirada que se apropia como nadie de la luz. Prometeo dio el fuego de los dioses a los hombres. Antonio Verdú Asís, como un nuevo Prometeo del arte, nos ofrece la luz, la ha atrapado con su pincel para darla a los que se acerquen a sus cuadros.
Para terminar, un consejo: no dejen de ver la exposición, se perderían una auténtica maravilla.


Rosa María Eugenia Cáceres Hidalgo de Cisneros