sábado, 12 de septiembre de 2009

Una muestra de "El Emboscado"


Hoy quiero mostraros la contraportada de la novela "EL EMBOSCADO" y ofreceros unos fragmentos de dos de sus capítulos.

He quitado muchos párrafos, tan sólo es una especie de aperitivo. Sería demasiado extenso si no.

Espero que os agrade, si tenéis ganas de leerlos.
Naturalmente lo he extraído de los archivos, sin maquetar, por eso he podido quitar cosas.






21 - DUBÁN

Gran alteración hay hoy en la abadía. Los monjes andan escandalizados. El novicio Dubán ha huido uniéndose a un grupo de saltimbanquis ajuglarados que acamparon ayer junto a la tapia norte del recinto para aprovechar la sombra del muro, pues ya el estío azota con su flagelo ardiente y el frescor es preciado bien.
Llamaron al portón pidiendo, por caridad, un par de jarras de agua fresca para aplacar la sed del camino. No osaron pedir hospitalidad, que Cluny es orden austera y de severa regla y ellos son gentes alegres que caminan saltándose, demasiadas veces, la ley de Dios, como saltarían los troncos caídos en medio de una senda. Así pues, son glotones, ladrones cuando la ocasión se presenta y, desde luego, fornicadores, ya que el grupo está integrado por juglares y juglaresas, por llamarlas de algún modo digno, pues son en realidad soldaderas, mozas de partido o rameras, como se quiera decir.
(....)
Fuera, Dubán descubre que se siente como liberado. Entre la gente de la juglaría no es una falta reír, antes bien, es algo que se considera muy natural, muy sano y hartamente deseable.
Los juglares cantan y comparten las viandas y el vino. Y se lo dan a probar a él. Es ardiente y dulce en el paladar y caldea el estómago con un calorcillo alegre que va subiendo por el pecho hasta llegar a la garganta y llenarla de risas.
Las juglaresas ríen con alborozo al ver su contento y le acarician con ternura el rostro y la cabeza, peinando su cortísimo cabello con los dedos.
Dubán siente la dulzura de las manos femeninas y la percibe como la suavidad maternal de esa madre que no conoció nunca y con la que, en secreto, siempre soñó, como sueña, en realidad, cualquier infante.
Dubán es un niño, sólo un niño. Y no ha conocido más que los severos rostros de los monjes de Cluny y las reprimendas de Remigi. Ni siquiera la bondad del abad Bonafides puede compararse a la que él cree percibir en esos bellos rostros recién descubiertos.
Jamás pensó que existieran en el mundo criaturas tan hermosas y tan dulces. Sus voces cantarinas y agudas son muy diferentes a las graves voces de los monjes. Sus vestidos… son de sorprendentes colores. Hasta ahora el pequeño Dubán pensaba que todas las personas vestían de negro o con los tonos parduscos que visten los escasos campesinos que se acercan a esos parajes perdidos en las montañas de la comarca del Gironés.
Dicen los juglares que se dirigen al Alt Empordà y que desde ahí, bordeando la cornisa norte de la península, piensan hacer el Camino del Apóstol Santiago, hasta su sepulcro en Compostela, pues está plagado de hospitales de peregrinos y la ganancia es segura, sobre todo si deben complacer a la concurrencia con la narración de milagros, la música y la venta de reliquias (falsas, desde luego), amuletos y bebedizos curativos.
Los ojos de Dubán se abren asombrados a un mundo de color en que hacer muecas y saltar en piruetas imposibles no está prohibido sino que es aplaudido.
-¡Vítor por el muchacho! –palmotea y ríe el mayor de los juglares, que, a la vista está, hace las veces de mayoral de ese hato de locos de los caminos.
-¡Molt bé! ¡Molt bé! –grita otro, menudo y algo jorobado, que sabe hacer los visajes mejor aún que el mozuelo.
-Doménech –dice una de las juglaresas-, aquí tienes uno que sirve para la juglaría mejor que algunos de los que son más aclamados en las villas y lugares.
-Cierto es, Clotilda –afirma el tal Doménech-. Si quisiera venir con nosotros, no sería yo el que se opusiera.
<<¿He oído bien? –se pregunta Dubán- ¿Acaso me están invitando a unirme a ellos?>>.
No se atreve empero a interrogarlos al respecto.
-Hacen falta titiriteros en nuestro grupo –interviene el jorobadito, que se llama Riquet-. El mozo es flexible y ha demostrado que sabe contorsionarse como el que más.
(...)






-Siempre he sentido el impulso de gesticular y saltar. Mis maestros en esto han sido las figuras de los capiteles y las gárgolas del claustro de la abadía. Ahora sé que puede hacerse un oficio de tales habilidades.
-¡Y tanto! – exclama Doménech-. El mester de juglaría es el más libre oficio que existe.
-¡Y el más hermoso y placentero para los que lo profesan y a él se acogen! –corrobora Clotilda, a quien todos suelen llamar Cloda.
-Deberías decidir ahora si deseas, pues, acogerte a nuestro mester y venir con nosotros –ofrece Doménech.
-¿Podría hacerlo? –pregunta Dubán sin terminar de creer que su vida vaya a dar un giro tan espectacular. Le parece un sueño inalcanzable y espera la respuesta casi seguro de que va a consistir en una carcajada de burla por su ingenuidad. Mas es otra la contestación.
-Naturalmente. Eres tan ágil y tan gracioso como un mono y a las mujeres les has caído en gracia, eres también tierno y exento de la malicia y la lujuria que suelen encontrarse por todas partes, así pues, si quieres…
-Oh, soy tan feliz… -grita Dubán y se pone a hacer cabriolas que arrancan una risotada en el campechano juglar.
-¡Ven a mis pechos! –ríe Cloda abriendo los brazos. El muchachito se arroja en ellos y recibe el primer abrazo maternal de su vida, porque de madre es la calidez con que lo aprieta. Y no sabe lo que pensar, pero sí sabe lo que siente, porque el abrazo es mágico y logra deshacer el nudo apretado que Dubán ha llevado siempre a la altura del corazón creyendo que era algo natural e inevitable. Ahora sabe que no era así, y que esos pechos casi tan voluminosos como ubres de vaca, son la almohada más blanda en la que se puede apoyar la cabeza, y también la más tranquilizadora, porque late con un ritmo tranquilo, pausado, seguro y confortador.
Cloda lo ha adoptado espontáneamente.
-Es tan parecido a mi Cristóbal… -le ha dicho soñadoramente a otra de las juglaresas. Cristóbal nació hace ya siete años de su vientre de moza de camino. Sabe, claro está, que es hijo suyo, pero la identidad del padre es para ella misma una incógnita. Naturalmente, puede hacer conjeturas bastante aproximadas, pero no puede estar segura en modo alguno. En tiempos de penuria las juglaresas aportan lo que pueden ganar con artes no precisamente propias del mester. Si no hay una moneda ni un pedazo de pan que dar a los cantores, malabaristas y músicos, siempre la hay para dar a las hembras hermosas que venden placer por poco precio.
Varios fueron los que la compraron en pocos días. Uno de ellos fue el padre –ignorante de su paternidad- del malogrado Cristóbal.
Unas bubas extrañas se lo llevaron el año pasado. Y ahora este Dubán tiene los mismos ojitos hambrientos de cariño y el mismo cuerpecillo de duende…
Cloda lo aprieta tanto que le hace un poco de daño, pero es un daño tan agradable… Ahora lo besa con besos sonoros y emite unos chillidos de alegría que calientan el alma mejor que una piel de oveja calienta los pies fríos en invierno. Y es que Dubán tenía frío el corazón a fuer de huérfano criado entre severos varones, que no son propias de los monjes las efusiones sentimentales, sino que, muy al contrario, están proscritas por la regla monástica.








39 - UNA SERRANA

Corre el agua con agradable murmullo. El crepúsculo cae como un manto anaranjado sobre la tarde que pronto se transmutará en noche.
El recodo es solitario y unas peñas de superficie lisa pueden servir muy bien de asiento o de lugar en donde dejar a buen recaudo la ropa, aunque la de Pere ha de ser lavada. El gigantón considera la conveniencia de meterse en el agua vestido como está, pero desecha la idea. Allí no hay nadie. Hace mucho tiempo que no libera sus carnes de la rozadura de la lana endurecida por el sudor amasado con barro reseco y suciedad (...)


Se decide, pues, y se libera gozosamente de todas sus prendas. Completamente desnudo semeja un Hércules que hubiera aparecido en estos tiempos. Su cabello, trigueño y rizado, está verdaderamente empegotado de grasa y sudor, incluso hay restos de sangre de una leve herida que sufrió hace poco y de salpicaduras de la sangre del caballo que acaba de despiezar.
Sus músculos respiran –si tal expresión es posible- libres de ropa y el coloso abre sus brazos poderosos y recibe la caricia de la brisa que orea su torso, sus brazos y sus caderas. Un tirón más y se despoja de las calzas, dejando al aire sus nalgas, sus muslos y sus musculosas piernas y sus grandes pies.
Erguido sobre una de esas peñas lisas, gozosamente libre, disfrutando de la brisa, se diría un dios mitológico.
Poco a poco, entra en el agua, pisando las piedras romas del fondo apenas profundo. Cuando el agua le llega a las ingles se acuclilla y se deja envolver por el manto líquido que lo acaricia y lo va limpiando de suciedad y de muchas otras cosas, tales como experiencias negativas y malos recuerdos.
Entonces la ve. Es una mujer. Está junto al montón de su ropa y lo mira a él, que está cubierto por el agua hasta la mitad del pecho. A causa de que es casi de noche, Pere no puede distinguir sus rasgos, apenas su silueta recortada a la débil luz de la luna que está apareciendo en el cielo.
-Bona vesprada –habla ella con voz dulce.
-¿Quién va?
-Nadie, capitán –responde seductora pretendiendo halagarlo-, sino una humilde sierva a vuestro servicio que no se atreve más que a suplicaos el honor de lavar vuestras ropas.
-¿Por qué habríais de hacerlo?
-¿Hace falta una razón más poderosa que la admiración hacia vos?
-¿Vos me admiráis? ¿Por qué?
-Porque os he visto mientras os entregabais a la caricia del agua. Sois un varón fornido y de cuerpo bien proporcionado. Me habéis agradado, así de simple.
El guerrero, sorprendido, se siente atacado, en cierta forma, y se defiende interrogándola con una aspereza que no es sino reserva y hasta timidez
-¿Qué clase de mujer sois que osáis hablar con tal desparpajo a un hombre? ¿Acaso ignoráis el recato y carecéis de pudor?
-¡Oh, cuántas preguntas! –ríe ella- ¿Cuál queréis que responda primero?
A la vez que habla toma la camisa de Pere y la remoja en la orilla, la extiende calmosamente en una gran piedra plana y toma un puñado de arenilla mojada que pone sobre la prenda, luego sopesa tres o cuatro cantos rodados de regular tamaño hasta que se decide por uno que empuña con decisión para comenzar a restregar la arenilla sobre el tejido. De vez en cuando vuelve a remojar la camisa, liberándola de la arenilla usada y repite todo el proceso.
Pere no se da cuenta de que se ha quedado como embrujado, boquiabierto, embobado. Tampoco se da cuenta de que la mujer no ha respondido aún ni una sola de sus preguntas. Lo único que sí sabe es que no consigue dejar de mirarla.
Es una mujer poderosa, físicamente hablando, al igual que él es potente como varón bien templado. Quizás no sea bella, al modo delicado que se estila en las cortes de amor, pero cree adivinar que es salvajemente hermosa. Alta y rolliza, cuando se inclina para frotar la camisa, su escote muestra el comienzo de unos ubérrimos senos que se bambolean con el enérgico movimiento de sus brazos al frotar la tela sobre la peña que le sirve de lavadero.









(...)
-Tú, tú, eres… ¿quién eres tú? –acierta por fin a preguntar el desnudo batallador.
-Alguien que te está viendo como tu madre te trajo al mundo.
Pere cae en la cuenta entonces de que, embrujado por la visión de la mujer, no ha advertido que se ha puesto en pie y que el agua apenas lo tapa hasta un poco más de las rodillas y que, por tanto, se está mostrando en toda su desnudez ante la desconocida. Ella sonríe con malicia y parpadea seductoramente. El gigantón acaba de azorarse –cosa infrecuente en él, pero que, no sabe por qué, le está ocurriendo ahora- y se tapa como puede con las manos y se acuclilla tan rápidamente a la vez que pierde el equilibrio y cae de espaldas.
-¡Voto a…! –exclama al sentir las duras piedras del fondo en sus nalgas desnudas y en los riñones.
-¿Necesitas ayuda? –pregunta la mujer con fingida preocupación, ensanchando aún más su sonrisa.
-No, no –se apresura a responder, confuso, el escudero.
-¿Quizás solamente tratabas de darte un chapuzón, verdad? Realmente te hace falta, tienes el pelo muy sucio, ni siquiera yo podría adivinar de qué color es… y eso que soy una bruja –termina, volviendo a dejar que su risa cabalgue por el aire del crepúsculo.
-¿Cómo te llamas… bella bruja?
-Me llamo Amai.
-Amai… -pronuncia Pere con su grave voz, muy despacio, como paladeando el sonido del nombre, que ya lo ha conquistado.
-¿Y tú, me dirías tu nombre?
-Soy Pere Sanchís, escudero, a tu servicio.
-Oh, eres cortés, además de fuerte y…
-¿Y…? –le invita a terminar la frase.
-Y apuesto en extremo, y… muy guapo –dice ella halagadora.
Pere da un respingo bajo el agua. Se siente extraño, por no decir ridículo, allí, con las posaderas martirizadas por las piedras del lecho del riachuelo, sin osar ponerse de nuevo en pie, después de lo que ha pasado antes. Además nunca ha visto a una mujer honrada galantear a un caballero, cuando lo normal es justamente lo contrario, que sea el varón quien requiebre a la doncella. Sin embargo ha de reconocer que esta mujer no se parece en nada a ninguna otra que le haya sido dado encontrar en su camino, por lo tanto tampoco debe esperar que se comporte como las tímidas damas, las vergonzosas doncellas o como las descaradas rameras que él ha conocido en diferentes ambientes.
Amai tiene una deliciosa mezcolanza de coquetería y recato, de sensual desinhibición y dignidad, de humor y seriedad, de inteligencia y llaneza que se explaya en la natural sinceridad que ha usado para valorar la apariencia del hombre que tiene delante.
-¡Oh, ya sé lo que te pasa! A todo el mundo le asusta mi modo de hablar. Creí que tú serías distinto. En fin, me equivoqué… ¡Lástima! Me iré, ahí te dejo tu camisa, lavada.
-¡No te vayas, por favor!
-¿Deseas que me quede?
-¡Más que he deseado nada en mi vida!
-Así pues, no te asusta mi forma de ser, no la confundes con lo que no es…
-En modo alguno. Debes perdonar mi torpeza, comprende que jamás he conocido a una mujer como tú y además, así como estoy…
-No te apures, es natural que te estés aseando. La verdad es que buena falta te hace.
-¿Tan terrible te parece mi aspecto?
-Ya sabes que no; no te lo he ocultado, pero en cuanto a tu pulcritud, no puedo decir lo mismo, fíjate en tu cabello…
Torpemente, Pere comienza a frotarse su abundosa pelambrera con exagerada energía.
-Conseguirás arrancarte el pelo de raíz. Permíteme ayudarte.
Pere no puede creer lo que está ocurriendo. Abre y cierra los ojos enérgica y repetidamente media docena de veces. Quizás está soñando. Sin embargo, siente claramente el frescor del agua en la piel y el martirio de los guijarros que se le clavan en el trasero. Se mueve un poco para aliviar su carne, mientras observa embobado los movimientos de Amai. Ella se ha puesto en pie, sobre la piedra en que ha extendido la camisa recién lavada para que escurra. Está descalza, pues ha dejado su calzado en una roca más alta. Sus pies se afirman con natural facilidad sobre la superficie resbaladiza de las rocas. Da unos pasos y se adentra en el regato que le lame halagador las pantorrillas, la saya flota alegremente entre dos aguas y se arremolina ciñendo sus muslos cuando ella llega al punto en el que él permanece extasiado por la hermosura animal de la mujer.






(...)





La misteriosa mujer se aproxima a él, como una náyade, guardando un perfecto equilibrio sobre los resbaladizos guijarros del fondo del arroyo.
Amai mantiene su mano izquierda cerrada, sin duda lleva algo en ella, algo que él le ha visto sacar de una bolsa de tela que ha dejado junto a sus borceguíes de piel cosida.
Ella se arrodilla, sin perder el equilibrio, detrás de él. Recoge agua en el cuenco de la mano derecha y se la derrama dulcemente sobre el cabello, pegajoso.
-Echa la cabeza hacia atrás- pide.
Pere está acostumbrado a desconfiar de todo el mundo, incluso de una mujer, pues conoce casos en que alguna de ellas se ha valido de su belleza para seducir a un hombre, acabando con guerreros invencibles en batalla singular. Recuerda a un fraile que conoció en su infancia que narraba una historia de traición que, según decía, estaba escrita en el Antiguo Testamento de la Sagrada Biblia.
-Os contaré una historia que os servirá de enxiemplo y aviso contra las malas artes de las hembras, puestas en el mundo por el Maligno para perdición de los hombres buenos –dice el fraile con voz campanuda y con evidente condena hacia todas las mujeres.
Cree recordar que se trataba de una tal Dalila, que reducía con su poder la incomparable fortaleza de Sansón, poniéndolo así en manos de sus enemigos.
Tal vez Amaí sea otra Dalila. Sin embargo, algo muy dentro le asegura que no. Se pregunta qué lleva en su puño cerrado. Pronto lo sabe. Siente que ella deposita sobre su cráneo una especie de arcilla que emulsionada con el agua, despega la suciedad de sus cabellos.
-Es greda –dice ella, sencillamente-, una clase de tierra, mejor que ninguna otra cosa para lavar las pelambreras apelmazadas como la tuya.
-Ah –es la respuesta de Pere, y ya no vuelve a hablar. No puede, tan extasiado está. Con los ojos cerrados, goza el placer que le proporciona el benéfico masaje. Es como si los dedos de la mujer borraran de su cerebro todo amago de irascibilidad, de alteración, de alerta… Se siente a salvo, tratado con un afecto que no recordaba haber recibido desde que salió de la sombra materna.
-¿Qué tienes aquí? –pregunta Amai palpando un costurón en su cabeza oculto por el cabello.
-La cicatriz de una herida de batalla.
-Fue un buen tajo.
-Lo fue. Estuvo a punto de acabar conmigo.
Los labios de ella se acercan a su oído, le susurran unas palabras -“Hubiera sido una lástima”-, en voz casi imperceptible, como si temiera que el propio aire pudiese atrapar el sonido para esparcirlo por el bosque circundante.

17 comentarios:

Rosario dijo...

Me he encantado mi querida amiga, estos dos maravillosos capitulos.
En mi blog tienes un premio para ti por tu amistad
Un besito Rosario

Rosa Cáceres dijo...

Rosario, muchas gracias.
Creo, sin embargo, que la mayoría de las personas se cansa de leer en pantalla, a mí me ocurre.
Gracias por el premio, ahora mismo voy a verlo. Los guardo, pero he decidido no adicionarlos a mi página, porque ya ve demasiado cargada de cosas.

Un beso.

Sara dijo...

Bueno...........y ahora qué???? ¿que hago yo si ya quedé enganchada a tu lectura?, buenisimoooooooooooo, me ha encantado!que bonito escribes...tengo que ponerme en contacto contigo para ver como consigo tu obra vale?
Un abrazote "escritora"

Rosa Cáceres dijo...

Sara, si quieres la novela, escribe a mi dirección electrónica, que viene en la página. Te la mando contra reembolso, dedicada personalísimamente y por extenso, que es como yo hago las dedicatorias.
Gracias por tu opinión. El primer juicio que llega sobre esta obra aún sin promocionar más que aquí.

Begoña Sánchez dijo...

Muy bueno! espero seguir leyendo.

Felicidades amiga mía
Besos

maruxiña dijo...

sí que son buenos los fragmentos, me han gustado mucho.

Biquiños nena!

Rosa Cáceres dijo...

AMIGOS Y AMIGAS ¡No esperéis para adquirirla!

Os sorprenderá esta novela.

Como autora que soy os la ofrezco a módico precio y además la dedicatoria será extensa y personalizada. Quiero decir que será verdaderamente alusiva al interesado.

Siempre añado a la dedicatoria algún dibujillo.

Y lleva PUNTO DE LECTURA.

Rosa Cáceres dijo...

Begoña, gracias. Espero que me la pidas jejeje
Mi ilusión es darme a conocer entre mis amigos del blog.

Rosa Cáceres dijo...

maruxiña, si te han gustado estas pequeñas muestras, anímate, que está de oferta.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Pasé a echar un ratito de lectura, y como siempre genial. Ten un buen inicio de semana.

Saludos y un abrazo!

Rosa Cáceres dijo...

Hiperión, muchs gracias por la visita y por los buenos deseos.
Mañana me dan el horario de este curso, a ver si es bueno.
Que también los astros te sean propicios.

cabopá dijo...

¡Hola escritora!
Este blog derrama literatura a granel...ja,ja..con qué me has visto....pero si es mi prima ja,ja,ja...........Besicos.

Arantza G. dijo...

Paso a dejarte un beso y felices sueños.
como lo voy a leer...esperaré a tenerlo conmigo.
Besitos

Rosa Cáceres dijo...

cabopá, creí que te tenía fichada ya jajaja
Bueno, pues tu prima es muy guapa, así es que seguro que tú también.
Un besazo

Rosa Cáceres dijo...

Arantza, querida, espero que te guste.

Acabo de venir del Insti y luego he ido a rehabilitación de mi contractura muscular, ahora voy a la cocina...¡volando!

Juan Martín Serrano dijo...

21. Los sustantivos empleados me saben a frescos por su sabor primigenio. Y la acción que se narra: vívida, instintiva, picaresca, "emancipante",(Dubán liberado). Que es gratificante ver como unos granujas insignificantes, que saben reconocer la ternura y la bondad, desenmascaran con sus argucias, falsedades más grandes, y desatan nudos que le oprimían al joven novicio y le calientan su corazón que congelado en el convento tenía.

39. De nuevo el acento en la desposesión de indumentarias que oprimen. El desarropamiento es gozoso y permite recrearnos con la hermosura natural de los cuerpos iluminados por su inocencia. Candidez de ojos limpios que atrapan, ajenos a la doblez y a la morbosidad, por su naturalidad en la descripción casi edénica. Y una constatación (no sé si natural o aprehendida): siempre por delante la iniciativa femenina.

Rosa Cáceres dijo...

Juan Martín Serrano, el primero que juzga esta obra mía, aunque sea sólo un fragmento, si exceptuamos a quien redacta el prólogo, Pilar Díez de Revenga Torres, que naturalmente la leyó en el manuscrito antes.
Y tu opinión me llena de alegría, es altamente gratificante para mí qu mi forma de escribir parezca amena al lector.
Si haces el favor, pincha sobre la portada que hay en el margen derecho de mi blog y entra en la información de la Editorial, que ofrece un aperitivo de 43 páginas.
Más la posibilidada de opinar, cosa que me vendría muy bien...si la opinión sigue siendo buena.