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viernes, 14 de octubre de 2011

La delicada piel del alma




Una gran verdad es que la vida se nos queda tatuada
sobre la delicada piel del alma.
Rosa Cáceres

La delicada piel del alma fue mi quinta novela. La frase anterior es la que aparece en la introducción.


Curiosidades de esta novela:

* Es la única que está publicada con ilustraciones mías de algunas escenas.

*Se desarrolla en Galicia y en Alicante.

* Tiene párrafos en gallego.


LA MEIGA.
Amelia creyó estar viendo a un personaje de cuento cuando Benitiña la Meiga entró en la cocina del pazo.
La Meiga tenía ese apodo desde siempre y lo tenía porque existía en todo el contorno vecinal la fama de sus poderes mágicos. Si era una bruja o no, era parte del misterio que la vestía como si de un hábito monjil se tratara, sin cambios, siempre el mismo.
Era una viejecita de edad difícil de calcular. Su apariencia era sumamente frágil, encorvada y algo temblona. Su rostro, enmarcado por un pañuelo negro ceñido al cráneo a la usanza gallega, era el de un garbanzo arrugado o el de una manzana pasada cuya piel se ha reblandecido y ha abandonado la tersura para convertirse en una especie de uva pasa de gran tamaño. La nariz picuda y con caballete, como de ave rapaz, daba sombra a una boca de labios sumidos que sonreían entre bondadosos e irónicos mostrando la cavidad semidesdentada, por la que salía una voz extrañamente dulce y carismática, era una voz llena de sabiduría, si esa fuese una cualidad del aparato fonador en vez de ser el atributo de algunas mentes humanas. Era, dicho de otro modo, una de esas voces de terciopelo calmado que sólo parecen poseer aquellos seres que son dueños de una especie de clarividencia llena de serenidad que los elevan sobre el común de los mortales.

(...)

...ciertamente, lo más impresionante de Benitiña eran los ojos, dos gotas de tinta negra bajo la sombra de unas cejas hirsutas que conservaban aún la mitad de su color negro destacando entre las canas, que daban a su cabello un aspecto como de nieve sucia. Era la suya la mirada más penetrante que se hubiera clavado en Amelia jamás.
(...)

Álvaro la había prevenido de las visitas de Benitiña y de las características de la extraña mujer, pero la realidad superaba con creces la idea que Amelia se había hecho de la supuesta Meiga y no pudo evitar una especie de encogimiento del estómago acompañado de un aceleramiento de los latidos del corazón cuando Benitiña, sacando la mano derecha del bolsillo del delantal, la señaló con el índice, torcido por la artrosis y nudoso como rama seca de arbusto, pronunciando su oráculo, aunque nadie se lo hubiera solicitado:
-Pobriña, tan xoven e fermosa, recien casadiña é xa se achega a éla a sombra, la nube de bagoas, espesa,chea de dór. Eu véxote no futuro chorando rios de bagoas, porque os teus pesares van ser moitos é non te deixarán respirar nin un poquiñto de felicidad.
(Pobrecita, tan joven y linda, recién casadita y ya se acerca a ella la sombra de la nube de lágrimas, espesa, llena de pesares. Te veo en el futuro y veo que llorarás ríos de lágrimas porque tus penas serán muchas y no te dejarán respirar ni un poquiño de felicidad).
Guardó silencio y, aunque Amelia no pudo comprender bien sus palabras, sí pudo captar el aire de triste conmiseración con que fueron pronunciadas. Al poco volvió a dirigirse a Amelia con tono lúgubre:
-Sofrirás. Coñecerás o dór de ser traicionada por quén ti mais queres. He darás a túa vida e il te deixará.
(Sufrirás. Conocerás el dolor de ser traicionada por quien tú más quieres. Tú le entregarás tu vida y él te dejará).

jueves, 13 de octubre de 2011

De donde crece la palma

"De donde crece la palma" es mi tercera novela publicada, en Ediciones Tres Fronteras (Murcia) cuyo enlace os dejo aquí. Está en el mismo tomo que "Sixto".

http://www.tresfronteras.es/TresFronteras/autor.jsf?ncodautor=377

El título viene de uno de los versos de "Guantanamera", del genial José Martí:
Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma,
y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma,
guantanamera, guajira guantanamera....

Seguro que todos conocéis esa canción.
El ambiente de la novela es el de los músicos callejeros de La Habana vieja.
Esta muchacha es hija de una bailarina blanca y un bongosero negro, ella es mulata de piel dorada, bellísma.

Piezas musicales, rivalidad entre cantantes callejeros, santería, ritos vudú, el tema de la emigración...todo forma parte de esta trama, que me hizo disfrutar con la investigación de todos estos temas y mientras la escribía. Pues habéis de saber que un escritor vive ras vidas, o multiplica la suya propia, en virtud de las que viven los hijos de su imaginación.


http://www.tresfronteras.es/TresFronteras/autor.jsf?ncodautor=377



Los dibujos son de mi cuaderno secreto, ese en que plasmo las imágenes de mi mente con respecto a mis historias de ficción.
*
Este es el inicio de la novela:


*
Todos decían que Habanita Rocío era La Habana hecha carne de mujer.
Habanita Rocío caminaba como a ritmo de bongos. Sus redondas nalgas altivas se movían como bajo el palmeteo de un bongosero invisible que las hiciera retemblar armónicamente:
bon….gó, bon…gó, bon…gó, cuando paseaba lentamente.
bon-gó, bon-gó, bon-gó, si tenía un poco de prisa.
bongó, bongó, bongó, si decididamente tenía mucha, pero que mucha prisa.
Habanita Rocío tenía en su sonrisa el color blanco dulce del azúcar porque sus dientes perfectos recordaban la forma de pequeños terroncitos de nácar.
Y en sus labios rojos llevaba el sabor del ron de caña que se adivina embriagador incluso antes de ser probado.
Habanita Rocío tenía en su cintura la flexibilidad de la caña del cañaveral, cuando es verde y tierna. Y el cimbreante vaivén de la palma del palmar caribeño cuando sopla la brisa de la bahía.
Y poseía en sus manos y en su cara el color de la canela.
Así era Habanita Rocío a sus dieciséis años.

lunes, 10 de octubre de 2011

Unos fragmentos de mi novela "Sixto, con rumor de olas rompientes"




Dos dibujos de los muchos que hice sobre esta novela, en parte autobiográfica. La niña que hay sentada en el segundo de ellos, soy yo, como personaje que toma parte en la historia, basada en un hecho real.


Sixto, apodado el Marrajo, tal como se apodaba su padre y se apodó su abuelo, pertenecía a una estirpe de curtidos pescadores. Era, en cuanto a su aspecto físico, un tipo fibroso, lo que se dice un auténtico navegante con los músculos endurecidos a base de tirar de las redes y los cabos de cuerda, la vida que llevaba le había proporcionado un aspecto correoso y duro. Su estatura era mediana, pero el grosor de su musculatura le confería un aire de atleta. Caminaba con una leve cojera, apenas perceptible, secuela de una caída que sufrió de chiquillo cuando, a la caza de gaviotas, perdió el equilibrio y rodó todo el monte del Faro abajo. No se mató de milagro, así es que una complicada fractura de tobillo fue lo menos que le podía haber pasado.
De todas formas, los auténticos marineros andan siempre de una manera especial, un tanto rítmica y balanceante, como si quisieran adaptarse al vaivén constante de los barcos y guardar de esta forma el equilibrio. Así es que la pequeña cojera de Sixto casi pasaba desapercibida. Sus cabellos, rubios y rizados, que solía llevar más bien largos, se encrespaban a veces con el viento y la humedad, confiriéndole el aspecto de un profeta iluminado. En invierno solía dejar de afeitarse y entonces le crecía un espeso bigote y una poblada barba entre rubia y rojiza. Cuando faenaba con las redes, echándolas sobre uno de sus hombros, se diría que era una imagen en movimiento del propio san Pedro apóstol, el mismo que los pescadores sacaban de la iglesia del pueblo en procesión...



****

La muchacha se llamaba Santa, es decir Fuensanta.


El Paseo concentraba la animación de la fiesta.
Cuando Sixto bajó desde su casa (puesto que el pueblo está ubicado en fuerte pendiente hacia el mar), la vio.
Estaba parada frente a un puesto de cascaruja, regaliz y piruletas. Tenía una niña cogida de la mano, una pequeña de trenzas rubias y ojos vivaces y preciosos que tiraba de su mano solicitando su atención en exclusiva.
Nunca había visto una cintura tan breve. Ceñida por un cinturón blanco que a él le pareció el colmo de la elegancia, resaltaba la magnificencia, casta a pesar de todo, de su busto erguido y sus caderas sinuosas.
Los zapatos, de medio tacón y blancos también, realzaban sus torneadas piernas y lo que se alcanzaba a ver de sus preciosas pantorrillas.
Sixto la miraba embobado, gozando a sus anchas de la belleza de la joven desconocida, para él una auténtica señorita.

domingo, 9 de octubre de 2011

Últimos dibujos de AURA



Por no cansar más con la misma novela, escojo solamente algunos dibujos para terminar de mostraros este entretenimiento mío. Van sin orden, porque no pretendo destripar la novela a base de ellos. Llevan algún breve texto escrito con mi letra.
Con este capítulo los lectores se divierten mucho; lo escribí en clave de humor. Recuerdo que un compañero de Claustro lloraba literalmente de risa.
Aquellos espectáculos callejeros en los pueblos pequeños...Yo presencié de niña en cierta ocasión uno así, en la playa, y se me quedó en la memoria tal como lo describo en los capítulos 13 y 14, con las mismas piezas musicales y la composición de la humilde compañía de cómicos ambulantes.
Tuve un exquisito cuidado al escoger los nombres, para que algunos sean inequívocamente propios de la zona, como Marca.

****



sábado, 8 de octubre de 2011

El chozo de un pastor, de "Aura".

Con este capítulo de "AURA" finalizo los fragmentos que he escogido de esta novela para que los podáis leer, acompañados de mis dibujos sobre el tema que tratan.
Ya digo que para mí es un placer plasmar en mi cuaderno en blanco algunas escenas de cada una de mis novelas.

Como muestra basta un botón, aunque yo os voy a ofrecer tres botones de cada novela, aunque

la verdad es que de cada una hago muchos más dibujos siempre, pero no quiero cansar.

He comprobado que esto mismo lo han hecho y lo hacen cientos de escritores. Mi tesis es que la literatura y el dibujo deben de ocupar áreas cerebrales relacionadas entre sí.

******

49.- EL TÍO RECAREDO. UN CHOZO DE PASTOR.



Tras un recodo del camino se levantaba un chozo de pastor habitado por el tío Recaredo, el quesero, a quien la gente llamaba el tío Recadero – como si su oficio fuera el de llevar y traer recados - confundiendo la pronunciación del nombre en cuestión.


El tío Recaredo estaba sentado junto a la chimenea del habitáculo, con la boina calada hasta las cejas, ya que estaba calvo como una mano de mondongo y el frío en “la perola” no le sentaba nada bien. Tenía a modo de capa una manteja parda, que le servía de abrigo y estaba ocupado en quitar la cuerda de esparto de un queso de su elaboración, ya curado y fuerte, un auténtico queso manchego de esos que acompañado de una rebanada de pan de pueblo y un chato de vino tinto reconcilian con la vida, y más en un día inhóspito de lluvia.


El viejo vio al párroco con la sotana negra chorreando de agua como un gran cuervo alicaído y alimojado.


-¡Eeeeeh, señor cura! –chilló con su vozarrón de pastor, como si estuviera llamando al rebaño- ¡Eeeeeh! ¡Venga usted “p’acá”, que se va a “escustipiar” y se va a poner “malismo” del “to”.


No se hizo de rogar el sacerdote que, despertando de su ensoñación, “adeliñó” raudo hacia el chozo en el que entró con presteza, hallando un ambiente caldeado e impregnado de olor a queso de oveja y de cabra.


Pronto tuvo ante sí las viandas manchegas y el buen vino. Hincando el diente al trozo de queso con pan, lo remojó bien con un trago prolongado de tinto.


Sí. Estaba en La Mancha. Y estaba muy a gusto.


El viejo pastor, contento de tener compañía, se afanaba, hospitalario, en cortar el queso con su navaja albaceteña. Conocía, sí, la historia del cura y la beata. No le importaba. “Todos somos hombres”, pensaba. Y no pensó más. Con la honda filosofía intrínseca de los hombres sencillos, que parecen amasados con el barro prístino que usó el Creador, sin contaminación de malicia alguna, se encogió de hombros. Eso fue todo. No condenar a nadie. No juzgar. La misión que a él le había dado Dios era pastorear ovejas y cabras y hacer buenos quesos. Nada más.


-¡Está bueno el queso! ¿A que sí, señor cura?


-Vaya que sí, Recaredo. Y el vino también, tiene cuerpo y arregla el cuerpo, valga la redundancia – dijo, sin pensar que al pobre hombre eso de redundancia le sonaba a rebuznancia y no sabía a qué cuento venían ahí los rebuznos de un burro - . No sabes lo que te lo agradezco. Me había pillado la lluvia en descampado y tenía la sotana chorreando agua.


-Pues caliéntese al calorcete de la chimenea y séquese la ropa, que la humedad es muy traidora en esta época.


-Gracias, Recaredo. De aquí no me voy hasta que no escampe.


A la puerta se asomó el perro pastor, flacucho y de pelambre despeinada, color canela, con la trufa de su nariz olisqueando ansiosa y sus ojos leales fijos en su amo.


El tío Recaredo soltó una carcajada.


-Pasa, Curro, ven aquí.


No se hizo de rogar el can que, con alegre movimiento de rabo se puso en un plis plas en un trotecillo alegre junto a su amo, en cuyas rodillas apoyó la mansa y noble cabeza.


El pastor, con una sonrisa permanente, pasó su ruda mano por la testa del perro pastor que continuaba expectante sin dejar de olisquear el ambiente y con la boca semiabierta. El tío Recaredo arrancó un pellizco de pan y cortó un trocito de queso y así, juntos, los acercó a la boca del can, que las recibió con agradecido alborozo, lo que hizo de su rabo un auténtico azote del aire.


-Está acostumbrado ¿sabe, señor cura? Como es mi compañero, le doy de “to” lo que yo como.


-Se lo merece, Recaredo. Un buen perro es un hermano, lo decía San Francisco de Asís, hermano lobo, hermano perro… todas las criaturas eran para él hermanos.


-Me gusta ese santo, D. Rodrigo, menos en lo de “hermano lobo”. Dios quiera –dijo haciendo la señal de la cruz tres veces seguidas- que no aparezca ninguno estando con el rebaño en medio del monte. La última vez me despedazó una oveja que estaba criando, la más gorda que cogió el lobo cabrón, con perdón, padre, usted perdone por el “palabro”, pero es que me hizo la puñeta, que la tenía ya vendida al Rogelio, el ganadero.


-Pero si estás hablando de hace lo menos quince años, hombre. Ya es rarísimo ver un lobo por aquí.


-No digo que no, señor cura. Pero el que le ha visto los dientes a uno ya no les pierde el miedo en la vida, son más feos que la Bicha de Balazote, que la vi una vez y era como el mismo demonio.


Mientras los hombres hablaban el leal Curro iba recibiendo trocitos de pan y queso que masticaba ruidosísimamente. Era un perro pastor, claro está, que no era un remilgado perrito faldero que mastica bombones con el morrito fruncido. Curro comía a sus anchas, chasqueando la lengua y deglutiendo sin ceremonia ¡como que era del campo!


Pastor y cura guardaron silencio casi adormecidos por el doble calor del vino y del fuego.

En la agradable penumbra del chozo, sólo se oía el ruido que hacía el perro al masticar, hasta que también cesó al acabar su pitanza. Entonces, satisfecho, se tumbó al calor del fuego junto a los pies del tío Recaredo.

jueves, 6 de octubre de 2011

Un fragmento de "AURA"

Así imagino yo a Aura en un dibujo a lápiz en mi cuaderno de ilustraciones.
Os ofrezco un fragmento del primer capítulo que habla de ella en mi novela
*****



3.- OTRA LLEGADA. ZAFRANERA. EN UN LUGAR DE LA MANCHA. ESPAÑA. 1943.

A Aurelia Soto Peinado desde niña todos la llamaban Aura. Sus ojos eran lo más hermoso de su cara y lo más vivo. Destacaban como si tuvieran auténtica independencia en un rostro, inexpresivo, casi hierático, serio.
Los ojos de Aurelia Soto tenían alma, si se sabía estudiar su mirada.
Los ojos de Aurelia Soto jamás habían sido sondeados por otra mirada que pudiera comprenderlos.

Los ojos de Aurelia Soto eran todo soledad. Y alivio. Alivio de volver a encontrarse en su tierra, en su verdadero hogar.
Aura no tenía, no había tenido nunca, veleidades viajeras, ni ciudadanas. Sentía, muy dentro de sí, la certeza de que su pueblo era su lugar idóneo. El sitio en que debía transcurrir su vida. Jamás quiso salir de allí. Transponer los amados límites de su paisaje natal la había puesto en su día casi al borde de la depresión de ánimo.
Pero su padre había sentenciado que una señorita de su clase social debía poseer el barniz de una cultura general (un poco de francés, un poco de piano, otro poco de economía doméstica…) adquirida, eso sí, en un exclusivo internado de la capital de España. No faltaría más.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Un capítulo de mi novela "AURA"

Hoy os quiero ofrecer un capítulo de mi novela "Aura", de ambiente manchego.
Es la primera novela que publiqué y por eso le tengo un cariño especial. Su protagonista es Aurelia Soto, a quien todos llaman Aura.
He escogido un capítulo entrañable, en el que lo importante es el ambiente descrito, más que la acción. Si os gusta, puedo poner algun otro.
Yo siempre ilustro (para mí) mis novelas, Tengo cuadernos en que dibujo las escenas principales de todas ella. Aquí tenéis una muestra ¿os gusta?

12.- UN FUEGO CREPITANTE. EMILIA.

La cocina de la casa señorial era enorme, pero cálida, como siempre lo es aquella en que se han cocinado muchos pucheros, se han pelado muchas patatas y se han amasado muchos bollos y muchos dulces de Navidad. La vida se va acumulando en estos espacios, hasta el humo que agrisa las paredes contribuye a hacer de estas estancias espacios vividos, humanos, acogedores.
Una gran chimenea, un hogar de crepitante leña de los montes de Yeste, la mejor de la Mancha, ardía con alegre chisporroteo.
-Buenos días, Emilia –saludó Aura a la cocinera.
-Buenos días, Aurita –respondió la mujerona con confianza mientras se encaminaba, moviendo sus enormes nalgas con cadencia de reumática, hacia el vasar para tomar un tazón de limpieza escrupulosa y un plato de loza floreada en que preparar el desayuno de su señorita.
Emilia realizaba estas tareas con agrado, incluso con cariño. Había visto nacer a Aura, la había mecido infinidad de veces en sus brazos, había sido su “ama seca” (como se llama a las amas que no amamantan a las criaturas, que no son “amas de cría”) y, por eso, Aura siempre sería Aurita para ella. Y ningún gesto de orgullo que hiciera, ninguna palabra áspera que le dirigiera lograba hacer flaquear su devoción por ella. En esto resultaba impermeable. Como una madre.
Emilia había entregado su vida a la familia Soto, desde jovencita, cuando entró a servir en la casa grande. Como la que entra en un convento para profesar en él. Había hecho, podría decirse, votos perpetuos. Y no se arrepentía. Les estaba agradecida. Agradecida por haberle dejado vivir allí, gozando de una habitación para ella sola, en lugar de compartir un jergón de lana apelmazada con su hermana Salvadora, y tener la única y dudosa privacidad de una cortina, hecha con una jarapa de rayas, separando el espacio de las hermanas del que ocupaban sus hermanos varones, Germán, Cleto y Bartolo.
También disfrutaba Emilia sintiéndose ama de aquella cocina enorme, más grande que el chamizo que era la casucha en que había vivido con sus padres y hermanos.
Allí, en esa cocina, había de todo. La despensa estaba bien surtida. Emilia removía sus guisos, bien sabrosos, por cierto, con un buen cucharón que podía elegir de entre los que pendían de una tabla con ganchos, colgada sobre el enorme fregador de dos senos y buena losa de mármol para escurrir los cacharros de la fregaza.
Esto sin mencionar la cocina de hierro forjado negro y reluciente, con tiradores de bronce dorado, siempre impecables.
Pero lo mejor de todo era para Emilia la despensa, que podía llenar a voluntad, como cocinera de la casa y encargada de hacer la compra. Tenía carta blanca. Era casa de rumbo. No se escatimaba. ¡Ella que había pasado tantas privaciones en su niñez! ¡Al cabo que no presumía en la tienda de Ultramarinos de Joaquín mandando que le pusiera de esto y de lo otro, pero que fuera de lo mejor!
El mejor arroz de Calasparra, que traía en su camioneta, en saquitos de tela, Fermín el de la Muñoza.
Aceite de oliva de la almazara de Saturnino, harina de flor de trigo, tortas para el gazpacho de “La Perdiz”, y hasta caramelos de Hellín de La pajarita o de La Elisa, y del Congreso, con su yemita dentro.
¿Se privaban de algo sus señores? No ¿Le escatimaban a ella la comida? Tampoco.
La Emilia era feliz, le encantaba canturrear romances mientras se movía bamboleándose por su reino tinelario.
También sabía zarzuelas y otras coplillas de tono más populachero, así como cuplés de moda o coplas de Estrellita Castro que era su ídolo.
A Aura le gustaba oírla cantar. En especial, los romances. La hacían recuperar la infancia perdida. Cuando el acogedor pecho de Emilia, “abruzándola” en su vieja mecedora, sentada en su regazo, servía de refugio y consuelo en sus pequeños conflictos.
Por eso Aura también la quería, como a una segunda madre. Aunque ya no tuviera el mágico poder de curar su ánimo herido con un romance antiguo, que hablara de doncellas guerreras, de una dama y un rústico pastor, de una infantina encantada o de un conde que cabalga por la playa una mañana de San Juan.

domingo, 2 de octubre de 2011

Así fue la presentación de Isla Cueva Lobos en la UP de Mazarrón

Como siempre hago cuando presento un libro mío, os pongo unas fotos del acto.
Aquí aparezco con mi editor, José Antonio López Vizcaino, que vino desde Alicante para acompañarme.


En la mesa flanqueada por mi editor y por la concejal de Cultura.




Un momento de la firma de ejemplares.



*****
Y ahora un pensamiento mío muy sincero:
Me dolió que faltaran personas a las que con todo mi cariño había hecho personajes de esta novela. No sé si es que ese detalle no les pareció digno de ninguna deferencia hacia mí ¡qué desengaño!
Pero silencié el hecho ante el público asistente, porque cada una de las personas que acudió a escucharme y a acompañarme merece por sí misma toda mi atención y todas las palabras que pronuncié para explicar mi obra en la triple perspectiva de la autora, el lugar y la novela.
A ellos, muchas gracias.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Mis queridos lectores.

Yo siempre agradezco a mis lectores su atención hacia mis novelas.
Hace ya unos meses empecé a publicar las fotos de algunos de ellos, también amigos del blog, que se fotografiaron con una novela mía en la mano, leyéndola o mostrándola. Entonces ya os presenté a esta amiga que hoy traigo a mi CUADRO DE HONOR.
Se llama Montserrat LLagostera Vilaró, y su blog http://rosadabril.blogspot.com.
Montserrat es una de mis mejores lectoras, creo que conoce casi todas mis novelas, además tiene la deferencia de comentármelas. Ahora mismo me va diciendo por dónde va con la trama de "Isla Cueva Lobos", con la que aparece en esta foto.
"Isla Cueva Lobos" es mi última novela publicada, en ella se entremezclan Historia y acción actual.
Pronto empezaré con las presentaciones, pues nada más que ha visto la luz en la Feria del Libro de Alicante el pasado más de julio.
Si hay más lectores míos que quieran aparecer en mi CUADRO DE HONOR, ya saben; me mandan la foto y hecho.
****
Aviso: estoy pasando unos momentos familiares complicados, no tengo ni un minuto libre, os pido perdón si no os visito asiduamente y si no contesto pronto y extensamente a vuestros comentarios, que por otra parte agradezco infinito.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Cueva Lobos, torre vigía, pasado minero ...y coplillas

Esta es la famosa Isla Cueva de Lobos, llamada de forma más simple isla Cueva Lobos o Cueva Lobos, a secas.
Detrás Cabo Cope, en Águilas y Cabo de Gata, en Almería.
Esta es otra vista desde una de las calas de Puntabela, en Bolnuevo.




Cueva Lobos está ahora tan sólo en las páginas que escribo, porque ya no estoy junto al mar de Mazarrón.



Esta es una de las muchas torres vigía que jalonan el litoral de estas playas. Avistaban naves berberiscas y prevenían a la población que se refugiaba en el castillo de los Vélz, que está a un tiro de piedra, en el pueblo de Mazarrón.



Las minas de Mazarrón tiñen de extraños colores las entrañas de la tierra. Láguena morada, greda amarilla, almazarrón rojo, ocre y plata en las vetas.




Escribo mucho y reescribo,
y otras veces disparato
componiendo estas coplillas
sólo por pasar el rato.
****
En el barco va mi amor
marinero de las olas,
cuando llegue hasta tu puerto
nos amaremos a solas.
*********
Me tienes aburría
con tus razones.
Tanta palabra hueca
en las discusiones.

******
Me imagino que somos
tan diferentes
porque tú eres un tonto
y yo inteligente.
******
Me puse a bailar un vals,
me maree dando vueltas,
me caí patas arriba
y me di contra una puerta.
*******
No es una simple amenaza:
¡como te pille te pico!
Pá que digas más tontunas
¡me tienes harta, tío mico!
*****
Si lo sé no me embarco,
que vienen olas,
y me veo bailando
la barcarola.
*
Tienes unos ojitos
muy picarones,
ardientes y negritos
como carbones.
********
¡Qué hermoso pelo tienes,
me ha enamorao!
Y como te has dejado...
te lo he tomao.
:::::::::
Ya véis que hay coplillas satíricas de las que más me divierte componer. He dejado en el tintero las más mordaces, por si escandalizo a alguien jajaja

lunes, 16 de noviembre de 2009

Último anuncio de presentación e invitación para todos

Esta es la Asociación organizadora de la Presentación de pasado mañana, junto con la Caja de Ahorros del Mediterráneo.


La Asociación gira alrededor de la figura de Miguel Hernández cuyo centenario celebraremos el 2010, de ahí el nombre.


Así es que estoy en capilla, embarcada en este lío de la Presentación.

Lo malo es que me ha dado un bajón que estoy pasando un día-zombi, jajaja. Y como no remonte, va a ser un desastre, porque no tengo ganas de hablar, en absoluto.
Parece que estoy entrando en uno de esos periodos míos de silencio en que me cuesta horrores hablar, no por nada, sino porque no me apetece. Bastante tengo con las clases, que ahí no tengo más remedio que explicar.
He vuelto así esta mañana del Instituto y parece como si me hubieran puesto un candado en los labios...¡madre mía!
Y os aseguro que no es miedo ni nada de eso, es que me encuentro agustísimo calladica.
Bueno, lo que sea ya sonará. Aquí os pongo la invitación, porque aquellos de quienes no tengo el email no la habrán recibido.
Ya sé que ninguno podréis venir, pero, bueno...ahí está.
Deseadme suerte.
ENTRARÉ A VEROS, PERO GUARDARÉ UN MUTISMO ABSOLUTO HASTA QUE PASE ESTE DÍA.
Luego pondré algún reportaje.

domingo, 11 de octubre de 2009

"De donde crece la palma"....Os invito a un ron de caña.

Hoy quisiera ofreceros unas pequeñas muestras- sorbos de ron de caña- de esta novela caribeña que me divirtió muchísimo escribir.

Está publicada en la Editorial Tres Fronteras, en un mismo volumen con "Sixto con rumor de olas rompientes".


No va ilustrada, pero yo siempre ilustro los manuscritos, me encanta imaginar escenas. Por eso os pongo esta página aquí.


********************** ***********************
La madre de Habanita Rocío se llamaba María del Cobre. Y era blanca como una paloma blanca.
El padre de Habanita Rocío era moreno como un grano de café a medio tostar.
De tal padre y tal madre nació ella, que tenía el tono de piel dulce y cálido de la miel y el sol, por poner una comparación. Muchas otras podrían ponerse, de hecho, sus admiradores solían piropearla a base de metáforas variadas sobre la tonalidad de su sedosa epidermis.
Hay una leyenda que explica el origen de las razas humanas.
La leyenda cuenta que cuando el buen Dios quiso crear a los seres humanos, decidió hacerlos de pan. Amasó la harina y formó las figuritas de hombre y mujer. Luego las metió al horno celestial. Pero se distrajo mirando las nubes y las pequeñas figuras de masa se le quemaron. Ese fue el origen de la raza negra.
Volvió el Creador a amasar figuritas de hombrecitos y de mujercitas de harina y aceite y las volvió a meter en el horno del Cielo.
Pero, estaba tan preocupado por si se le quemaban de nuevo que los sacó antes de tiempo. Estaban todavía crudos y no habían tomado color. Ese fue el origen de la raza blanca.
A la tercera ocasión, ya tenía perfectamente calculado el tiempo que hacía falta para que la masa se horneara con total perfección. Así es que todo salió muy bien esta vez.
Las figuras humanas de pan tenían al salir del horno el color ideal. Tostado, apetitoso y en su punto. Ese fue el origen de las personas de color bronceado.
El tono de la piel de Habanita Rocío, como diría alguno de sus adoradores, era el de la canela aromática, el de la leche a la que se añade un chorrito de buen café, reconfortante y caliente. Era el color del ron que se trasparenta a través del cristal del vaso limpio.
El color de la piel de Habanita Rocío era el tono más perfecto que pueda tener la tez de una mujer.
Como si el mejor maquillador del mundo le hubiese prodigado los cuidados de su arte.





El blanco –Piedechinche, creo recordar que se hacía llamar- , había probado todo el género femenino que estaba disponible en La Habana de su juventud. Una juventud disoluta y dada a toda clase de excesos –vuelvo a decirlo-. Estaba aburrido de las mujeres normales. Buscaba, como suele decirse, un ejemplar raro.
Entonces alguien le habló de una negra joven y de apretadas carnes que vivía cerca del mar y que por las noches celebraba sesiones de vudú en la arena bañada por las olas cuando había luna llena en el cielo.
Parece ser que conocía todo tipo de bilongos, que, por si alguno no lo sabe, he de decir que son canciones de hechizo, que mezclan el idioma español con el bantú africano.
La gente que la conocía decía muchas cosas de ella.
Decían que la hermosa negra Matacumbé no era una santera más, como las que abundaban por aquellos pagos, sino que ella era una auténtica Mambo, una sacerdotisa del vudú traído de África por sus antepasados y llegado a Cuba desde Haití.
Decían que ella invocaba a los orishás, pero más aún a los loas por medio de la danza vertiginosa o candomblé al son de la macumba y que los espíritus malignos acudían a su llamada, que ella caía en trance cuando la poseían.
Decían que degollaba gallos, cortándoles el cuello con un gran cuchillo, mientras recitaba sus conjuros a los viejos dioses africanos de sus antepasados, que con la sangre de los animales preparaba pócimas, que sabía hacer afocheché (maleficios).
Decían que era una mujer extrañísima y muy cruel. Que se rumoreaba que había convertido en zombis a más de cuatro hombres. Que estos muertos vivientes la seguían fielmente y ejecutaban todas sus órdenes.
Decían que los zombis tocaban para ella los batá, los tambores sagrados de la santería: el okónkolo, que es el más pequeño, el itótele, que es el mediano, y el iyá, que es el más grande y el que más pavor provoca. Que así llamaban a los muertos, los Egún.
Todas estas cosas y aun algunas más terribles se decían de la negra que vivía en la playa solitaria en una cabaña a la que nadie había entrado jamás.
(... )
El blanco se sintió picado en su curiosidad. Una noche de luna llena, una luna que rielaba, enorme y plateada, sobre las aguas del mar, se unió al círculo que rodeaba a la hechicera negra.
Justo en el momento de cortarle el cuello a un gallo con espolones que se debatía inútilmente por escapar de la mano de hierro que lo tenía agarrado, ellos dos se miraron.
Eran muy distintos. Opuestos. Él era blanco, elegante, rico. Ella era negra, pobre y vestida con harapos.
Pero por dentro eran iguales. Crueles, supersticiosos, vengativos y soberbios. También eran prepotentes y dados a imponer su voluntad a los demás usando toda clase de medios, lícitos o ilícitos.
Se adivinaron por dentro. Se reconocieron como perros de la misma camada, la camada de Satanás.
La negra se llamaba, o se hacía llamar, Matacumbé. Y sobre ella ya he dicho todo lo que sé. Y tampoco querría saber más.
Entre los dos se desató una pasión como no se había conocido en La Habana. Y eso que La Habana es tierra de calientes pasiones.
Cuentan que el blanco se acercó a ella, entrando en medio del corro de fieles que la rodeaba. Caminaba hacia ella como hipnotizado, sin dejar de mirarla a los ojos.
Cuentan que ella corto de un tajo el cuello del gallo y que se llenó las manos de sangre caliente. Que con la sangre se untó los pechos que había dejado al aire, arrancándose el vestido caído hasta la cintura, sin reparar en romperlo. Luego, se quitó las enaguas y se quedó tal como su endiablada madre la trajo al mundo.
Era una negra de cuerpo soberbio. Como de ébano abrillantado con betún.




sábado, 12 de septiembre de 2009

Una muestra de "El Emboscado"


Hoy quiero mostraros la contraportada de la novela "EL EMBOSCADO" y ofreceros unos fragmentos de dos de sus capítulos.

He quitado muchos párrafos, tan sólo es una especie de aperitivo. Sería demasiado extenso si no.

Espero que os agrade, si tenéis ganas de leerlos.
Naturalmente lo he extraído de los archivos, sin maquetar, por eso he podido quitar cosas.






21 - DUBÁN

Gran alteración hay hoy en la abadía. Los monjes andan escandalizados. El novicio Dubán ha huido uniéndose a un grupo de saltimbanquis ajuglarados que acamparon ayer junto a la tapia norte del recinto para aprovechar la sombra del muro, pues ya el estío azota con su flagelo ardiente y el frescor es preciado bien.
Llamaron al portón pidiendo, por caridad, un par de jarras de agua fresca para aplacar la sed del camino. No osaron pedir hospitalidad, que Cluny es orden austera y de severa regla y ellos son gentes alegres que caminan saltándose, demasiadas veces, la ley de Dios, como saltarían los troncos caídos en medio de una senda. Así pues, son glotones, ladrones cuando la ocasión se presenta y, desde luego, fornicadores, ya que el grupo está integrado por juglares y juglaresas, por llamarlas de algún modo digno, pues son en realidad soldaderas, mozas de partido o rameras, como se quiera decir.
(....)
Fuera, Dubán descubre que se siente como liberado. Entre la gente de la juglaría no es una falta reír, antes bien, es algo que se considera muy natural, muy sano y hartamente deseable.
Los juglares cantan y comparten las viandas y el vino. Y se lo dan a probar a él. Es ardiente y dulce en el paladar y caldea el estómago con un calorcillo alegre que va subiendo por el pecho hasta llegar a la garganta y llenarla de risas.
Las juglaresas ríen con alborozo al ver su contento y le acarician con ternura el rostro y la cabeza, peinando su cortísimo cabello con los dedos.
Dubán siente la dulzura de las manos femeninas y la percibe como la suavidad maternal de esa madre que no conoció nunca y con la que, en secreto, siempre soñó, como sueña, en realidad, cualquier infante.
Dubán es un niño, sólo un niño. Y no ha conocido más que los severos rostros de los monjes de Cluny y las reprimendas de Remigi. Ni siquiera la bondad del abad Bonafides puede compararse a la que él cree percibir en esos bellos rostros recién descubiertos.
Jamás pensó que existieran en el mundo criaturas tan hermosas y tan dulces. Sus voces cantarinas y agudas son muy diferentes a las graves voces de los monjes. Sus vestidos… son de sorprendentes colores. Hasta ahora el pequeño Dubán pensaba que todas las personas vestían de negro o con los tonos parduscos que visten los escasos campesinos que se acercan a esos parajes perdidos en las montañas de la comarca del Gironés.
Dicen los juglares que se dirigen al Alt Empordà y que desde ahí, bordeando la cornisa norte de la península, piensan hacer el Camino del Apóstol Santiago, hasta su sepulcro en Compostela, pues está plagado de hospitales de peregrinos y la ganancia es segura, sobre todo si deben complacer a la concurrencia con la narración de milagros, la música y la venta de reliquias (falsas, desde luego), amuletos y bebedizos curativos.
Los ojos de Dubán se abren asombrados a un mundo de color en que hacer muecas y saltar en piruetas imposibles no está prohibido sino que es aplaudido.
-¡Vítor por el muchacho! –palmotea y ríe el mayor de los juglares, que, a la vista está, hace las veces de mayoral de ese hato de locos de los caminos.
-¡Molt bé! ¡Molt bé! –grita otro, menudo y algo jorobado, que sabe hacer los visajes mejor aún que el mozuelo.
-Doménech –dice una de las juglaresas-, aquí tienes uno que sirve para la juglaría mejor que algunos de los que son más aclamados en las villas y lugares.
-Cierto es, Clotilda –afirma el tal Doménech-. Si quisiera venir con nosotros, no sería yo el que se opusiera.
<<¿He oído bien? –se pregunta Dubán- ¿Acaso me están invitando a unirme a ellos?>>.
No se atreve empero a interrogarlos al respecto.
-Hacen falta titiriteros en nuestro grupo –interviene el jorobadito, que se llama Riquet-. El mozo es flexible y ha demostrado que sabe contorsionarse como el que más.
(...)






-Siempre he sentido el impulso de gesticular y saltar. Mis maestros en esto han sido las figuras de los capiteles y las gárgolas del claustro de la abadía. Ahora sé que puede hacerse un oficio de tales habilidades.
-¡Y tanto! – exclama Doménech-. El mester de juglaría es el más libre oficio que existe.
-¡Y el más hermoso y placentero para los que lo profesan y a él se acogen! –corrobora Clotilda, a quien todos suelen llamar Cloda.
-Deberías decidir ahora si deseas, pues, acogerte a nuestro mester y venir con nosotros –ofrece Doménech.
-¿Podría hacerlo? –pregunta Dubán sin terminar de creer que su vida vaya a dar un giro tan espectacular. Le parece un sueño inalcanzable y espera la respuesta casi seguro de que va a consistir en una carcajada de burla por su ingenuidad. Mas es otra la contestación.
-Naturalmente. Eres tan ágil y tan gracioso como un mono y a las mujeres les has caído en gracia, eres también tierno y exento de la malicia y la lujuria que suelen encontrarse por todas partes, así pues, si quieres…
-Oh, soy tan feliz… -grita Dubán y se pone a hacer cabriolas que arrancan una risotada en el campechano juglar.
-¡Ven a mis pechos! –ríe Cloda abriendo los brazos. El muchachito se arroja en ellos y recibe el primer abrazo maternal de su vida, porque de madre es la calidez con que lo aprieta. Y no sabe lo que pensar, pero sí sabe lo que siente, porque el abrazo es mágico y logra deshacer el nudo apretado que Dubán ha llevado siempre a la altura del corazón creyendo que era algo natural e inevitable. Ahora sabe que no era así, y que esos pechos casi tan voluminosos como ubres de vaca, son la almohada más blanda en la que se puede apoyar la cabeza, y también la más tranquilizadora, porque late con un ritmo tranquilo, pausado, seguro y confortador.
Cloda lo ha adoptado espontáneamente.
-Es tan parecido a mi Cristóbal… -le ha dicho soñadoramente a otra de las juglaresas. Cristóbal nació hace ya siete años de su vientre de moza de camino. Sabe, claro está, que es hijo suyo, pero la identidad del padre es para ella misma una incógnita. Naturalmente, puede hacer conjeturas bastante aproximadas, pero no puede estar segura en modo alguno. En tiempos de penuria las juglaresas aportan lo que pueden ganar con artes no precisamente propias del mester. Si no hay una moneda ni un pedazo de pan que dar a los cantores, malabaristas y músicos, siempre la hay para dar a las hembras hermosas que venden placer por poco precio.
Varios fueron los que la compraron en pocos días. Uno de ellos fue el padre –ignorante de su paternidad- del malogrado Cristóbal.
Unas bubas extrañas se lo llevaron el año pasado. Y ahora este Dubán tiene los mismos ojitos hambrientos de cariño y el mismo cuerpecillo de duende…
Cloda lo aprieta tanto que le hace un poco de daño, pero es un daño tan agradable… Ahora lo besa con besos sonoros y emite unos chillidos de alegría que calientan el alma mejor que una piel de oveja calienta los pies fríos en invierno. Y es que Dubán tenía frío el corazón a fuer de huérfano criado entre severos varones, que no son propias de los monjes las efusiones sentimentales, sino que, muy al contrario, están proscritas por la regla monástica.








39 - UNA SERRANA

Corre el agua con agradable murmullo. El crepúsculo cae como un manto anaranjado sobre la tarde que pronto se transmutará en noche.
El recodo es solitario y unas peñas de superficie lisa pueden servir muy bien de asiento o de lugar en donde dejar a buen recaudo la ropa, aunque la de Pere ha de ser lavada. El gigantón considera la conveniencia de meterse en el agua vestido como está, pero desecha la idea. Allí no hay nadie. Hace mucho tiempo que no libera sus carnes de la rozadura de la lana endurecida por el sudor amasado con barro reseco y suciedad (...)


Se decide, pues, y se libera gozosamente de todas sus prendas. Completamente desnudo semeja un Hércules que hubiera aparecido en estos tiempos. Su cabello, trigueño y rizado, está verdaderamente empegotado de grasa y sudor, incluso hay restos de sangre de una leve herida que sufrió hace poco y de salpicaduras de la sangre del caballo que acaba de despiezar.
Sus músculos respiran –si tal expresión es posible- libres de ropa y el coloso abre sus brazos poderosos y recibe la caricia de la brisa que orea su torso, sus brazos y sus caderas. Un tirón más y se despoja de las calzas, dejando al aire sus nalgas, sus muslos y sus musculosas piernas y sus grandes pies.
Erguido sobre una de esas peñas lisas, gozosamente libre, disfrutando de la brisa, se diría un dios mitológico.
Poco a poco, entra en el agua, pisando las piedras romas del fondo apenas profundo. Cuando el agua le llega a las ingles se acuclilla y se deja envolver por el manto líquido que lo acaricia y lo va limpiando de suciedad y de muchas otras cosas, tales como experiencias negativas y malos recuerdos.
Entonces la ve. Es una mujer. Está junto al montón de su ropa y lo mira a él, que está cubierto por el agua hasta la mitad del pecho. A causa de que es casi de noche, Pere no puede distinguir sus rasgos, apenas su silueta recortada a la débil luz de la luna que está apareciendo en el cielo.
-Bona vesprada –habla ella con voz dulce.
-¿Quién va?
-Nadie, capitán –responde seductora pretendiendo halagarlo-, sino una humilde sierva a vuestro servicio que no se atreve más que a suplicaos el honor de lavar vuestras ropas.
-¿Por qué habríais de hacerlo?
-¿Hace falta una razón más poderosa que la admiración hacia vos?
-¿Vos me admiráis? ¿Por qué?
-Porque os he visto mientras os entregabais a la caricia del agua. Sois un varón fornido y de cuerpo bien proporcionado. Me habéis agradado, así de simple.
El guerrero, sorprendido, se siente atacado, en cierta forma, y se defiende interrogándola con una aspereza que no es sino reserva y hasta timidez
-¿Qué clase de mujer sois que osáis hablar con tal desparpajo a un hombre? ¿Acaso ignoráis el recato y carecéis de pudor?
-¡Oh, cuántas preguntas! –ríe ella- ¿Cuál queréis que responda primero?
A la vez que habla toma la camisa de Pere y la remoja en la orilla, la extiende calmosamente en una gran piedra plana y toma un puñado de arenilla mojada que pone sobre la prenda, luego sopesa tres o cuatro cantos rodados de regular tamaño hasta que se decide por uno que empuña con decisión para comenzar a restregar la arenilla sobre el tejido. De vez en cuando vuelve a remojar la camisa, liberándola de la arenilla usada y repite todo el proceso.
Pere no se da cuenta de que se ha quedado como embrujado, boquiabierto, embobado. Tampoco se da cuenta de que la mujer no ha respondido aún ni una sola de sus preguntas. Lo único que sí sabe es que no consigue dejar de mirarla.
Es una mujer poderosa, físicamente hablando, al igual que él es potente como varón bien templado. Quizás no sea bella, al modo delicado que se estila en las cortes de amor, pero cree adivinar que es salvajemente hermosa. Alta y rolliza, cuando se inclina para frotar la camisa, su escote muestra el comienzo de unos ubérrimos senos que se bambolean con el enérgico movimiento de sus brazos al frotar la tela sobre la peña que le sirve de lavadero.









(...)
-Tú, tú, eres… ¿quién eres tú? –acierta por fin a preguntar el desnudo batallador.
-Alguien que te está viendo como tu madre te trajo al mundo.
Pere cae en la cuenta entonces de que, embrujado por la visión de la mujer, no ha advertido que se ha puesto en pie y que el agua apenas lo tapa hasta un poco más de las rodillas y que, por tanto, se está mostrando en toda su desnudez ante la desconocida. Ella sonríe con malicia y parpadea seductoramente. El gigantón acaba de azorarse –cosa infrecuente en él, pero que, no sabe por qué, le está ocurriendo ahora- y se tapa como puede con las manos y se acuclilla tan rápidamente a la vez que pierde el equilibrio y cae de espaldas.
-¡Voto a…! –exclama al sentir las duras piedras del fondo en sus nalgas desnudas y en los riñones.
-¿Necesitas ayuda? –pregunta la mujer con fingida preocupación, ensanchando aún más su sonrisa.
-No, no –se apresura a responder, confuso, el escudero.
-¿Quizás solamente tratabas de darte un chapuzón, verdad? Realmente te hace falta, tienes el pelo muy sucio, ni siquiera yo podría adivinar de qué color es… y eso que soy una bruja –termina, volviendo a dejar que su risa cabalgue por el aire del crepúsculo.
-¿Cómo te llamas… bella bruja?
-Me llamo Amai.
-Amai… -pronuncia Pere con su grave voz, muy despacio, como paladeando el sonido del nombre, que ya lo ha conquistado.
-¿Y tú, me dirías tu nombre?
-Soy Pere Sanchís, escudero, a tu servicio.
-Oh, eres cortés, además de fuerte y…
-¿Y…? –le invita a terminar la frase.
-Y apuesto en extremo, y… muy guapo –dice ella halagadora.
Pere da un respingo bajo el agua. Se siente extraño, por no decir ridículo, allí, con las posaderas martirizadas por las piedras del lecho del riachuelo, sin osar ponerse de nuevo en pie, después de lo que ha pasado antes. Además nunca ha visto a una mujer honrada galantear a un caballero, cuando lo normal es justamente lo contrario, que sea el varón quien requiebre a la doncella. Sin embargo ha de reconocer que esta mujer no se parece en nada a ninguna otra que le haya sido dado encontrar en su camino, por lo tanto tampoco debe esperar que se comporte como las tímidas damas, las vergonzosas doncellas o como las descaradas rameras que él ha conocido en diferentes ambientes.
Amai tiene una deliciosa mezcolanza de coquetería y recato, de sensual desinhibición y dignidad, de humor y seriedad, de inteligencia y llaneza que se explaya en la natural sinceridad que ha usado para valorar la apariencia del hombre que tiene delante.
-¡Oh, ya sé lo que te pasa! A todo el mundo le asusta mi modo de hablar. Creí que tú serías distinto. En fin, me equivoqué… ¡Lástima! Me iré, ahí te dejo tu camisa, lavada.
-¡No te vayas, por favor!
-¿Deseas que me quede?
-¡Más que he deseado nada en mi vida!
-Así pues, no te asusta mi forma de ser, no la confundes con lo que no es…
-En modo alguno. Debes perdonar mi torpeza, comprende que jamás he conocido a una mujer como tú y además, así como estoy…
-No te apures, es natural que te estés aseando. La verdad es que buena falta te hace.
-¿Tan terrible te parece mi aspecto?
-Ya sabes que no; no te lo he ocultado, pero en cuanto a tu pulcritud, no puedo decir lo mismo, fíjate en tu cabello…
Torpemente, Pere comienza a frotarse su abundosa pelambrera con exagerada energía.
-Conseguirás arrancarte el pelo de raíz. Permíteme ayudarte.
Pere no puede creer lo que está ocurriendo. Abre y cierra los ojos enérgica y repetidamente media docena de veces. Quizás está soñando. Sin embargo, siente claramente el frescor del agua en la piel y el martirio de los guijarros que se le clavan en el trasero. Se mueve un poco para aliviar su carne, mientras observa embobado los movimientos de Amai. Ella se ha puesto en pie, sobre la piedra en que ha extendido la camisa recién lavada para que escurra. Está descalza, pues ha dejado su calzado en una roca más alta. Sus pies se afirman con natural facilidad sobre la superficie resbaladiza de las rocas. Da unos pasos y se adentra en el regato que le lame halagador las pantorrillas, la saya flota alegremente entre dos aguas y se arremolina ciñendo sus muslos cuando ella llega al punto en el que él permanece extasiado por la hermosura animal de la mujer.






(...)





La misteriosa mujer se aproxima a él, como una náyade, guardando un perfecto equilibrio sobre los resbaladizos guijarros del fondo del arroyo.
Amai mantiene su mano izquierda cerrada, sin duda lleva algo en ella, algo que él le ha visto sacar de una bolsa de tela que ha dejado junto a sus borceguíes de piel cosida.
Ella se arrodilla, sin perder el equilibrio, detrás de él. Recoge agua en el cuenco de la mano derecha y se la derrama dulcemente sobre el cabello, pegajoso.
-Echa la cabeza hacia atrás- pide.
Pere está acostumbrado a desconfiar de todo el mundo, incluso de una mujer, pues conoce casos en que alguna de ellas se ha valido de su belleza para seducir a un hombre, acabando con guerreros invencibles en batalla singular. Recuerda a un fraile que conoció en su infancia que narraba una historia de traición que, según decía, estaba escrita en el Antiguo Testamento de la Sagrada Biblia.
-Os contaré una historia que os servirá de enxiemplo y aviso contra las malas artes de las hembras, puestas en el mundo por el Maligno para perdición de los hombres buenos –dice el fraile con voz campanuda y con evidente condena hacia todas las mujeres.
Cree recordar que se trataba de una tal Dalila, que reducía con su poder la incomparable fortaleza de Sansón, poniéndolo así en manos de sus enemigos.
Tal vez Amaí sea otra Dalila. Sin embargo, algo muy dentro le asegura que no. Se pregunta qué lleva en su puño cerrado. Pronto lo sabe. Siente que ella deposita sobre su cráneo una especie de arcilla que emulsionada con el agua, despega la suciedad de sus cabellos.
-Es greda –dice ella, sencillamente-, una clase de tierra, mejor que ninguna otra cosa para lavar las pelambreras apelmazadas como la tuya.
-Ah –es la respuesta de Pere, y ya no vuelve a hablar. No puede, tan extasiado está. Con los ojos cerrados, goza el placer que le proporciona el benéfico masaje. Es como si los dedos de la mujer borraran de su cerebro todo amago de irascibilidad, de alteración, de alerta… Se siente a salvo, tratado con un afecto que no recordaba haber recibido desde que salió de la sombra materna.
-¿Qué tienes aquí? –pregunta Amai palpando un costurón en su cabeza oculto por el cabello.
-La cicatriz de una herida de batalla.
-Fue un buen tajo.
-Lo fue. Estuvo a punto de acabar conmigo.
Los labios de ella se acercan a su oído, le susurran unas palabras -“Hubiera sido una lástima”-, en voz casi imperceptible, como si temiera que el propio aire pudiese atrapar el sonido para esparcirlo por el bosque circundante.

lunes, 6 de julio de 2009

HUELLAS: Un poema desglosado en las imágenes que lo inspiraron.



Un poema inspirado por el amanecer visto desde la playa.

Podéis leerlo y podéis escucharlo en mi voz haciendo clic en el audio del comienzo.

Mis huellas se dibujan

en la arena estrenada

Intacta tras la noche de verano,

por la ola recurrente alisadaY llego yo.

Amanece,


Sale el sol
con religiosa calma,

Y soy capaz
de ver perdón y olvido


en la arena
aún intacta y
estrenada.
*********************
No me he podido resistir a poner esta foto de las azucenas silvestres que crecen en la arena.
Y tampoco a esta de huellas de gaviota. No son las mías ¿eh? pero demuestran que en la playa aún no había pisado ser humano alguno.
¡Me encanta estrenar la arena fresca de la madrugada!

En otro orden de cosas, he tenido un disgusto grande estos días, porque mi novela "El Emboscado" se está retrasando en salir...¡con la ilusión que yo tenía!
¡Consoladme, que estoy que me ahogo!
************************
Y si me apreciais algo, entrad al blog de CABOPÁ, que ha hecho un comentario de una novela mía que acaba de leer.
Otro día os leeré un fragmento.
Al margen derecho de mi blog está la portada, puinchad encima y os saldrán más datos.





domingo, 14 de junio de 2009

DOS PÁGINAS DE MI CUADERNO DE SUEÑOS. ILIUSTRACIONES PARA MI NOVELA "De donde crece la palma"

Todos decían que Habanita Rocío era La Habana hecha carne de mujer.
*******************
Esa es la frase de arranque de mi novela de ambiente caribeño.
El nombre de la protagonista es el nombre de una alumna del instituto. Muchas veces escojo nombres de alumnos para mis protagonistas, cosa que llena de orgullo al chico o la chica que así se llama, aunque, naturalmente, saben que nada excepto el nombre, hay de ellos en la novela en cuestión.
Así, tengo un Rodrigo (Aura), un Hernán (Lances de venganza)..., una Habanita Rocío, nombre original donde los haya.

La portada de la novela, que va en un mismo libro con "SIXTO" lleva una foto de olas rompientes hecha por mí. Así es que esta portada dibujada no existe más que en mi cuaderno de sueños.
En total he realizado nueve ilustraciones para esta historia, de músicos callejeros cubanos, son, ritmo, santeras, jineteras, emigrantes y nostalgia de la tierra en que uno ha nacido.
La canción Guantanamera (con letra del poeta José Martí) es la banda sonora de la novela, cuyo título es el segundo verso del famosísimo poema:

Yo soy un hombre sincero

de donde crece la palma

y antes de morirme quiero

echar mis versos del alma.

Guantanamera, guajira guantanamera...